FICHA

Título original Érase una vez… pero ya no
Título en España: Érase una vez… pero ya no
Temporadas: 1 (6 entregas)
Duración episodio: 30 minutos.
Año: 2022
Nacionalidad: España
Temática
: Comedia
Subgénero: Musical
Resumen: Una maldición pesa sobre un pueblo en el que dos amantes fueron separados y solamente podrán volver a unirse en otra vida para que la maldición desaparezca. El pueblo vive del turismo y, particularmente, de un dragón que se muestra como la atracción número uno.
Actores: Sebastián Yatra, Mónica Maranillo, Nía Correia, Rossy de Palma, Asier Etxeandia, Mariola Fuentes, Itziar Castro, Mariana Treviño, Daniela Vega, Huichi Chiu
Lo mejor: el botón de off en el mando a distancia que permite apagar el plasma a los 15 minutos de haber comenzado esta serie.
Lo peor: el que un streaming de pago se haya atrevido a emitirla
¿Cómo verlo?: Se estrenó en Netflix el 11 de marzo de 2022. Puede obtenerse mediante programas de intercambio de archivos.

Puntuación: 2

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Lo menos que puede decirse sobre ERASE UNA VEZ… PERO YA NO

A principios de año, ya expresamos nuestra intención de comentar solamente series que “valieran la pena” por algún motivo. A esto nos indujo la caída en picado de la calidad media de las series emitidas por todos los streamings en los dos últimos años. Cantidad y calidad, como se sabe, están siempre, en razón inversa. Y nunca como hoy han estado tan distanciadas: se producen demasiadas series y, consiguientemente, la calidad es mínima y, en algunos casos, parece increíble que haya streamings que se presten a emitir determinadas series y que haya público dispuesto a pagar una cuota por ver semejantes engendros.

Sirva este preámbulo, poco optimista, para aludir a Érase una vez… pero ya no. El que, en años anteriores, su realizador, el mexicano Manolo Caro, haya tenido algún relativo éxito, no es garantía para que la suerte le acompañe. Hasta un reloj averiado acierta a dar la hora dos veces al día. La impresión que da es que la “superioridad”, esto es, los “cerebros” que mediante algún algoritmo mal diseñado (o diseñado de manera perversa) han indicado qué tipo de producto debía de cubrir algún hueco en la programación de Netflix, han ordenado a un director-guionista-realizador obediente sobre qué carriles debía discurrir la nueva serie y éste ha cumplido el encargo, asegurando su futuro en la plataforma, pero castigando la sensibilidad y el buen gusto de los abonados.

No creo que haya muchas series que sean, a la vez, historias de amor, cuento para adultos, musical, comedie y de género fantástico a la vez. Y el algoritmo de Netflix ha advertido el nicho. Pero, claro, una cosa es que ese nicho exista, y otra muy diferente que valga la pena ser cubierto o que pueda cubrirse con garantías de éxito. El resultado ha sido este híbrido infumable, intragable y desaprensivo que no merecería ser comentado, si no fuera para extraer alguna conclusión.

Reconocemos que solamente hemos visto el primer capítulo y que, de ninguna manera, estamos dispuestos a dar una segunda oportunidad a este aborto televisivo, hijo de la corrección política y de la originalidad más enfermiza. Treinta minutos por seis capítulos, suponen casi tres horas perdidas frente al plasma. Netflix, una vez más, nos pide un esfuerzo que no vale la pena realidad.

La serie tiene el formato, el tono y los colores de un cuento infantil amanerado y remilgado. Se inicia con el peor de todos los inicios posibles, una escena de cama. Sigue lenguaje malsonante, desfile de freakys y efectos especiales de cartón piedra. Interpretaciones mediocres de actores con los que nos hemos reído en otras series (Mariana Treviño), a causa de un guion estúpido y sin el más mínimo ingenio. Los números musicales no son lo peor de la serie, sino más bien un añadido; lo peor es la idea original (que no es original, porque el asunto del cuento infantil que se tuerce o llevado al presente ya se ha visto en muchas ocasiones), el desarrollo de esa idea y cómo esa idea se ha traducido en frases y en ritmo narrativo. La puntuación de 2 es el promedio de factores, algunos de los cuales están todavía por debajo: tanto el creador como los guionistas merecen un 0, sin paliativos. Algunos actores llegarían al 5. Poco más. Por ahí andaría también la música.

El contenido de la historia es irrelevante: dos amantes que se han perdido el uno al otro y deberán encontrarse en el más allá, para que una maldición deje de pesar sobre un pueblo que vive del turismo, en el que nadie se puede enamorar y cuya atracción es un dragón en cautividad. Así que ustedes mismos…

Serie ramplona, con todos los elementos propios de la “corrección política” y el “adoctrinamiento” a que nos tiene habituados Netflix, pero con una calidad aún más inferior que decenas de precedentes. Infumable en todos los terrenos, sería completamente irrelevante, de no ser porque vuelve a traer a primer plano la pregunta de si debemos seguir pagando casi 20 euros de suscripción mensual a una plataforma que, como máximo, ofrece tres o cuatro productos al mes que valgan la pena y que pueden ser bajados el mismo día de su estreno a través de cualquier programa de intercambio de archivos. Decir más sería perder el tiempo y hacer perder el tiempo al lector.

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