FICHA

Título original Around the World in 80 Days
Título en España: La vuelta al mundo en 80 días
Temporadas: 1 (8 entregas)
Duración episodio: 50 minutos.
Año: 2021
Nacionalidad: Francia
Temática
: Aventuras
Subgénero: Adaptación literaria
Resumen: Intento de “revisión” de la famosa novela de Julio Verne del mismo título. Una revisión “políticamente correcta”, esto es, con criterios mundialistas tan de moda hoy, en la que no queda prácticamente nada del relato original, ni de su espíritu, sino tan solo el título y la idea de viajar más en menos tiempo.
Actores: David Tennant, Leonie Benesch, Pete Sullivan, Ibrahim Koma, Anthony Flanagan, Shivani Ghai, Evan Hengst, David Sherwood, Charlie Hamblett, Luyanda Kabanyane, Sven Ruygrok, Simone Coppo, James Dutton, Aida Economu, Faical Elkihel, Karina Ziana Gherasim, Oliver Hembrough, Rizelle Januk, Sean Michael, Kiroshan Naidoo, Elena Saurel, Walter van Dyk, Brett Williams
Lo mejor: los dos primeros capítulos eximen de ver el resto
Lo peor: un panfleto destinado a demostrar la deuda “blanca” con el mundo “de color”
¿Cómo verlo?: Se estrenó en Movistar+ el 24 de febrero de 2022. Puede obtenerse mediante programas de intercambio de archivos.

Puntuación: 3

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Lo menos que puede decirse sobre LA VUELTA AL MUNDO EN 80 DÍAS

Había mucho más de Julio Verne en la última revisión de su novela en la serie de dibujos animados La vuelta al mundo de Willy Fogg que en esta serie estrenada por Movistar+. En realidad, si hemos aceptado realizar la crítica de esta serie -últimamente, nos negamos a ver siquiera series excesivamente insufribles o demasiado malas (y son aproximadamente un 35% de las que se estrenan cada mes), no es porque esta serie merezca comentario alguno, sino porque es, en sí misma, un “signo de los tiempos”.

Desde hace cinco años, han proliferado series grotescas con títulos que remitían a grandes clásicos o a momentos históricos de la cultura europea, que han sido, hasta tal punto, tergiversados, adulterados y bastardizados, que se han convertido en verdaderas caricaturas: recordamos, por ejemplo, La princesa española, o la más reciente Ana Bolena, sin olvidar Troya: la caída de una ciudad, que tienen una característica común: presentar un panorama “multicultural” y “multiétnico” en momentos históricos o míticos, en los que no se conocía ni siquiera el palabro. Inicialmente, pudimos pensar -ingenuamente- que se trataba de patinazos propios de guionistas becarios y de productores que preferían contratar a actores baratos o, simplemente, que aspiraban a ganar el interés de las bolsas étnicas de origen no europeo, pero que residen en Europa Occidental. Ahora, hemos comprobado que no es así: que se trata de una operación, perfectamente calculada y meditada, cuyo objetivo no es otro que borrar cualquier rasgo de identidad europea y abrir las puertas a una reinterpretación de la historia del continente, como un conjunto de episodios protagonizados por las mismas componentes étnicas presentes hoy en el continente. Zeus, en Troya, está interpretado por un actor nigeriano, la corte de La princesa española está formada por una mezcla multiétnica de africanos y árabes y, Ana Bolena (o la protagonista de la serie que se anuncia, La princesa de Eboli) es, simplemente, africana…

El problema, no solamente es que, esta realidad multiétnica solamente es algo reciente (de los últimos 30 años), sino que, parece que “alguien” ha decretado de que, para facilitar “su integración” debemos de renunciar a nuestra historia o convertirla en un esperpento. Porque, además, de estas “infidelidades étnicas”, el problema es que estas series son rematadamente malas, increíbles e infumables para todo aquel que tiene unos mínimos conocimientos históricos. Pero, bueno, hasta hace poco, podía pensarse, incluso, que se trataba de lanzar una mano tendida en pro de la integración. Lo sorprendente -y lo que invalida esta argumentación- es que, a medida que estos productos se van difundiendo más y más, estas minorías inmigrantes, que no parecen tener mucho interés por estos productos, van creciendo y se muestran más remisas a su “integración”.

Y, entonces, “alguien” decide dar un paso al frente y propone una “revisión” de este clásico de Verne. El resultado debería haber sido una serie de aventuras (que era el espíritu de la novela originaria). De eso solamente han quedado una serie de cromas y unos efectos especiales de baratillo, excesivamente, evidentes como para ser creíbles y, lo que es peor, una adulteración del mensaje originario de Verne: éste autor contrapuso el protagonista inglés (Phileas Fogg), flemático, solitario e imperturbable, al protagonista francés (Passepartout), más pragmático, activo y social. Lo que ha quedado de esto es significativo: el protagonista inglés se convierte en un merluzo integral, que no recibe más que palos y más palos, allí donde va, por parte de pueblos del “tercer mundo”, siempre salvado por Passepartout, francés, sí, pero africano (interpretado por el actor Ibrahim Koma, parisino, de padres originarios de Malí). Ni en el momento en el que se desarrollaba la Comuna de París existían africanos en la capital francesa (salvo individuos aislados, en absoluto una comunidad organizada), ni Verne pretendía convertir a su protagonista en un perfecto imbécil y a su ayudante en su salvador, ni, por supuesto, era un panfleto anticolonialista (como ha terminado resultando esta serie).

En otras palabras, el “paso al frente” de los guionistas y productores, ha consistido en considerar normal que los europeos paguemos las culpas de los tatarabuelos y la deuda solamente pueden compensarse reconociendo, no solamente que Europa no es étnicamente el solar de un conjunto de pueblos (latinos, germanos, eslavos), sino que hoy el europeo “característico” de algunos países, ya es el llegado de otros continentes. Y, además, la historia de Europa debe ser presentada en tal clave que parezca horrorosa a los propios europeos, hasta el punto de avergonzarse de ella.

Y, hasta aquí las consideraciones sobre el contexto ideología y sobre el adoctrinamiento que muestra esta serie. Ahora vamos a la crítica como producto cinematográfico en sí misma. Insufrible: el propio Tennant está perdido en su papel, y su recurso interpretativo consiste en poner ojos de conejo deslumbrado por las luces. Ya hemos aludido al bajo presupuesto de los efectos especiales que convierten el factor “aventura” en poco o nada creíble. Los toques de humor que otras “lecturas” de este clásico han aprovecha, están aquí casi completamente ausentes y, cuando se intentan, no funcionan. Como drama, tampoco tiene la intensidad suficiente. Finalmente, cae en el error -querido por adoctrinadores y por los talibanes de la “corrección política”- en presentar el mundo del siglo XIX con el aspecto del siglo XXI y, más especialmente, con la idea que algunos se hacen de cómo es.

Serie próxima al cero absoluto, que, para desesperación de “adoctrinadores”, no merecerá ni grandes comentarios, ni siquiera un lugar en la memoria, salvo de los bodrios. Quedamos a la espera del siguiente producto en el que el “negro de la película” haya sido reemplazado por “el blanco de la película que, además, parece idiota”.

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