FICHA

Título original We are the the champions
Título en España: We are the champions
Temporadas
: 1 (6 episodios)
Duración episodio: 29-32 minutos.
Año: 2020
Nacionalidad: Dinamarca
Temática
: Documentales
Subgénero: excentricidades
Resumen: seis concursos aptos sólo para excéntricos y frakys obsesivos en cada especialidad: la carrera persiguiendo un queso, concurso de peinados estrafalarios, comedores de chili, parejas de perro con bailes, concursos de saltos de ranas y competiciones de yo-yos….
Actores: Rainne Wilson narrador, Steve Brown, Tishuntae Small,
Lo mejor: se ven escenas que solamente se verán en estos documentales.
Lo peor: las más inútiles y banales que pueda concebirse.
Lo más curioso
: El primer episodio es completamente diferente a todos los demás
¿Cómo verlo?: en Netflix desde el 18 de noviembre de 2020. También puede verse mediante programas de intercambio de archivos.

Puntuación: 7

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Lo menos que puede decirse sobre WE ARE THE CHAMPIONS

Los freakys son legión, y sobre todo en EEUU, donde casi todo es freaky. Esta serie, por tanto, no puede extrañar a los admiradores de lo excéntrico. El problema es que existen muchas variedades y linajes en este terreno. La ventaja de esta miniserie documental -y, al mismo tiempo, su punto débil- es que mezcla formas de freakysmo procedentes de distintos orígenes. Una, la primera, sobre la persecución suicida del queso rodante en un pueblo de la campiña británica, es una fiesta tradicional cuyo origen se pierde en el tiempo. El resto de “especialidades” entran más bien en las forma de freakysmo moderno, simples modas pasajeras que llaman la atención y se olvidan con la misma facilidad que se han visto este documental.

¿Qué nos puede suponer el saber que hay “comunidades” que disfrutan comiendo guindilla hasta entrar, prácticamente, en combustión? ¿O gentes que participan en concursos de baile con perros? ¿o en certámenes de peinados excéntricos que impiden casi el movimiento? Por no hablar del concurso mundial de manejo del yo-yo, sin olvidar el que, acaso sea, el más banal de todos: el de saltos de rana, en donde el protagonista no es tanto la rana como su “entrenador”…

Lo que vamos a ver en las dos horas que dura el conjunto de estos documentales es la exaltación de lo inútil, la obsesión por el cultivo de lo banal. Y están en su derecho. A fin de cuentas, prefiero a alguien que se entrega a una tarea en cuerpo y alma y consigue centrar su vida con esta referencia  siendo el mejor en su “comunidad freaky” que a un presidente de gobierno o a un ministro de sanidad que casi un año después de iniciarse la pandemia del Covid, todavía no tienen idea de las medidas a adoptar, ni de cómo atajarla eficazmente.

Hemos dicho que el primero de los documentales es particularmente bueno: la persecución de un queso rodante, arrojado por una pendiente de 45º de inclinación. El premio es, obviamente, el queso (al parecer maloliente y poco refinado), pero lo que cuenta en realidad es el valor de lanzarse a la carrera por una pendiente, siendo conscientes de que, en cualquier momento puede ocurrir un fatal descalabro. Se trata de un deporte tradicional que entraña cierto riesgo físico. Los otros cinco ejemplos, en cambio, como máximo evidencian la posibilidad de desarreglos mentales y han nacido en la modernidad. Los dos últimos episodios (danza canina y salto de la rana) indican que algo no marcha bien en el cerebro de algunos. Cosas de nuestro tiempo: Orson Welles en su película Mr. Arkadin, mostró a un domador de pulgas, el que ahora se adiestren a razas caninas en pasos de baile o se midan los tres saltos de una rana con la precisión de unas olimpiadas, es solamente un signo de los tiempos… de unos tiempos particularmente vacíos en donde el tiempo de ocio es mucho mayor que las posibilidades ofrecidas por la imaginación.

Una serie para tomar el pulso a nuestro tiempo. El primer episodio merece un diez; el resto, un aprobadillo raspado. Netflix ha realizado unos documentales ligeros y desengrasantes, pero también banales, más hechos para la mentalidad estadounidense que para nuestras latitudes. Nada del otro mundo.

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