FICHA

Título original Black Earth Rising
Título en España: Black Earth Rising
Temporadas: 1 (8 episodios)
Duración episodio: 60 minutos.
Año: 2019
Temática: drama
Subgénero: político
Resumen: Una jueza del Tribunal Internacional de La Haya adopta una niña negra en Ruanda que es criada en el Reino Unido. La trama se inicia, cuando el líder de una de las milicias ruandesas acudo de las masacres de los años 90, es detenido y procesado, la madre debe hacerse cargo de la acusación. Un atentado que causa la muerte de la madre hará que la hija entre de lleno en el proceso y su vida cambie para siempre.
Actores: Michaela Coel,  John Goodman,  Jonathan Burteaux,  Aure Atika,  Abena Ayivor, Richard Dixon,  Emmanuel Berthelot,  Martin Bassindale,  Corrinne Bougaard, Malou Coindreau,  Norma Dumezweni,
Lo mejor: John Goodman en su papel de abogado norteamericano residente en el Reino Unido
Lo peor: Parte de la base de que el espectador sabe lo que ocurrió entre hutus y tutsis.
Lo más curioso
: La serie fue filmada para Netflix, dirigida y creada por Higo Blick.
¿Cómo verlo?: Es emitida en España por Netflix. Puede encontrarse en emule.

Puntuación: 5,5

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Lo menos que puede decirse sobre BLACK EARTH RISING

El principal problema de esta miniserie estrenada el 26 de enero de 2019 por Netflix es que parte de la base de que el espectador sabe lo que ocurrió e Ruanda en 1994. A lo largo de la serie, por si lo ignoraba, se entera de que se produjo un “genocidio”. No le sorprende, porque son habituales en África y la serie no ayuda a comprender porqué aquel episodio fue mucho más intenso y sangriento que cualquier otro: el 75% de la étnica tutsi fue eliminado por la etnia rival, los hutus. Habría que preguntarse a quién se le ocurrió la idea de formar una nación con dos etnias que se llevaban pero que mal desde el siglo XIV. Los belgas administraban el territorio por orden de la Sociedad de Naciones y cuando la ONU ordenó la descolonización, Bélgica no se opuso, pero apoyó a la mayoría hutu frente a la minoría tutsi. Así que el país es independiente desde julio de 1962. La mitad de los tutsis huyeron del país. La independencia no resultó una experiencia saludable: se multiplicaron los conflictos étnicos y los golpes de Estado. La oposición se armó y en 1990 empezó la guerra civil (que era también y a la vez, una guerra étnica). Desde 1991 las masacres fueron continuas. En 1994, una radio hutu, Des Mille Collines llamó al genocidio de la etnia rival, explicitando que también los niños debían ser asesinados. Los paramilitares entraron en acción y en apenas tres meses, repito, en sólo tres meses, 800.000 personas fueron asesinadas a machetazos. Dos millones de personas huyeron en dirección a los países vecinos. Pues bien, todo esto -y muchos datos más necesarios para la comprensión de lo que ocurrió- es lo que Hugo Blinck, director y guionista de esta esta serie, no explica. Esto hace que el espectador, salvo que recuerde sucesos que tuvieron lugar hace más de 20 años en el corazón de África, vaya a ciegas y debate creer lo que se le cuenta.

La miniserie se abre con una abogada que debe encargarse de la acusación contra una de los “señores de la guerra” de 1994. Este individuo se ha entregado a las autoridades y enviado a La Haya para ser juzgado por el Tribunal Internacional. Sin embargo, antes de iniciarse el juicio, un grupo terrorista lo asesina y, de paso, resulta asesinado también la abogada. Ésta, antes de morir, ha discutido con su hija adoptiva, de origen ruandés tutsi, sobre la legitimidad de aquel juicio. Antes, en el curso de una conferencia impartida por la madre, un estudiante africano le ha echado en cara que el Tribunal Internacional solamente se preocupe por las masacres en África pero no por las que se producen en Palestina y en otros lugares del globo. La hija adoptiva entra a trabajar con el abogado socio de la madre (John Goodman) para encargarse de la investigación sobre otro supuesto criminal de guerra. A todo esto, los “cascos azules” de la ONU localizan en Ruanda a otro criminal de guerra y el caso es investigado por la hija de la abogada que en su infancia hacia visto como asesinaban a sus familiares y amigos y ella misma salía herida de la masacre.

La conclusión de la serie es que la compañías mineras europeas están dispuestas a todo para obtener beneficios y por ello estimulan la violencia entre clanes y escamotean la democracia en Ruanda… Conclusión facilona, demagógica y cuestionable, habida cuenta de que los indígenas, en la zona seguían matándose entre sí y pisoteándose, como mínimo desde el siglo XV.

La protagonista no da la talla. Su actuación ha sido calificada como “extraña” (y lo es, ciertamente, utilizando recursos, poco convencionales e incomprensibles, para desarrollar su papel, quizás procedentes del teatro en el que se ha cultivado Michaela Coel (de verdadero nombre Ewuraba Boakye-Collinso, deo rigen ganés). En la serie Chewing Gun que le hizo famosa, estos arrebatos “extraños” apenas se notaban porque el tono era cómico, pero en esta serie dramática resultan inoportunos. En otros momentos, en cambio, resulta demasiado envarada. La serie se salva del suspenso por la presencia de John Goodman que siempre, sea el registro que se le encomiende, está a la altura del guion y, como es este caso, por encima de él. Mientras Goodman está relajado y muestra sentimientos, el papel le ha venido a la actriz ganesa demasiado grande.

Pero a quien verdaderamente hay que atribuir las limitaciones de la serie ha sido a Hugo Blinck, guionista y director. La serie no quedará como la mejor de las varias que ha dirigido hasta ahora. Ha tratado de transmitir un mensaje político “comprometido” (de los que usaba y abusaba el cine de los sesenta y setenta), un mensaje anticolonialista (cuando hace ya mucho tiempo se cerró en Europa la época del colonialismo), trasladando la responsabilidad de la masacre a actores secundarios y eximiendo de cualquier responsabilidad colectiva a las dos partes efectivamente implicadas. Lo peor de Blinck es que coloca un mensaje político cuestionable por encima de consideraciones estéticas, narrativas e incluso por encima de la objetividad histórica. Los “colonialistas y sus herederos” son culpables… todo presentado de manera confusa, inextricable y demagógica.

La serie ha tenido muy bajos índices de audiencia en la BBC por lo que parece muy difícil se filme una segunda temporada.

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