FICHA

Título original: Disjointed
Título en España:  Disjointed
Temporadas:  1 (10 episodios)
Duración episodio: 30 minutos.
Año: 2017
Temática: Comedia de situación.
Subgénero: Colgados.
Resumen: Una activista pro legalización de la marihuana, judía, con un hijo negro y tres empleados, todos permanentemente colgados, están al frente de una tienda de venta de cannabis en lo que debería ser una comedia de situación apta sólo para colgados.
Protagonistas: Kathy Bates, Aaron Moten, Tone Bell, Dougie Baldwin, Elizabeth Alderfer, Elizabeth Ho, Betsy Sodaro, Chris Redd, Nicole Sullivan, Michael Trucco, Cass Buggé, Caleb Emery, Jessica Evans, Jessica Jones, Jordan L Jones, Rob Norton.
Lo mejor: Los colgados ya tienen su serie
Lo peor
: Que Netflix ha aprovechado para lanzar sus propias variedades de marihuana para “consumirlas junto a sus series”.
Lo más curioso: La serie ha recibido un 12% de aceptación en los EEUU y una calificación de 4,2 sobre 10.
¿Cómo verlo?: A través de Netflix.
Puntuación: 4

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Lo mínimo que puede decirse sobre DISJOINTED

Los colgados se han convertido en un negocio, como los gays, los amantes de las mascotas o los visitantes habituales del quirófano para reparaciones estéticas. Disjointed (literalmente “Descolocados”) va dirigido a los fumadores de porros. Así que, desde el principio vale la pena decir que si usted no es fumador de porros, tirando a compulsivo, esta serie, simplemente, le repugnará. Incluso si usted admira el trabajo realizado en las últimas décadas por Kathy Bates, lamentará verla en una serie en el que todos sus protagonistas están, incluida ella, colgados.

Lo que Netflix ha querido hacer ha sido una comedia de situación (todo transcurre en el interior de un grow-shop, las risas enlatadas, personajes contradictorios dentro del común cuelgue e intentos de hacer reír al público mediante gags siempre vinculados a la marihuana y a su consumo) de la que se sabía que iba a ser un aborto (los trailers y avances circulaban desde hacía tres meses y la serie se estrenó el pasado 25 de agosto de 2017), pero, oh maravilla de maravillas, la operación de Netflix iba mucho más lejos: ha desarrollado diez cepas distintas de marihuana “para cunsumirlas durante la emisión de algunas de la series más populares de la plataforma”. Es la “The Netflix Collection”. Una variedad, por ejemplo, está ideada para consumir durante el visionado de Orange is the new black y deberá generar “tranquilidad, conversación y chistes estúpidos”. Otra variedad estimula el apetito y deberá fumarse mientras se visualiza Santa Clarita Diet… y así sucesivamente. Claro está que la campaña tiene fecha de caducidad, Netflix insiste en que no gana dinero con ello, sino que lo hace por amor al arte y que solamente lo pueden adquirir quienes cuenten con la tarjeta oficial de “consumo terapéutico”… que se expide como churros por parte de cualquier médico.

La serie es difícil de describir. De hecho, es inenarrable. La propietaria de un grow-shop, una activista judía en pro del consumo de la marihuana desde los años del hipismo, está rodeada por su hijo (que estuvo un tiempo en el “lado oscuro” terminando empresariales), un guardia de seguridad aquejado de stress post traumático, dos dependientas jóvenes más o menos fumadoras compulsivas y el encargado de la bodega, fumeta típico donde los haya. Todos ellos, y los clientes que aparecen responden a los distintos tipos de fumadores.

Los gags tienen gracia, a condición de verlos consumiendo marihuana. De lo contrario, todos los protagonistas, los clientes y los guionistas, parecen una banda de colgados compinchada para encontrar una excusa para seguir fumando. Claro está que quien ve la serie emporrado puede encontrarle risa (quien esto escribe ha visto a un colgado riéndose a carcajadas viento a un hamster dar vueltas en una noria en el interior de una jaula, así que se trata de un público poco exigente…). Y eso que la serie tiene buenas credenciales no sólo por la presencia de Kathie Battes, sino porque es un producto de Chuck Lorre (Bing Bang Theory, Dos hombres y medio, entre otros éxitos). Las series gays suelen gustar solamente a gays, de la misma forma que ésta sólo esta armada para satisfacer a colgados.

¿Es lícita la existencia de una serie como ésta en los EEUU de 2017? Quienes hayan viajado a ese país en los dos últimos años habrán advertido una nueva epidemia: toxicómanos originarios de la clase media blanca. Legiones deambulando por las calles. Todos ellos son víctimas de médicos poco escrupulosos a la hora de expedir recetas a base de opiáceos para aliviar cualquier enfermedad y de laboratorios farmacéuticos que han desarrollado productos demoledores para la personalidad. Obviamente, los opiáceos no son cannabinoides… pero se aproximan especialmente las variedades desarrolladas en las dos últimas décadas que tienen una concentración de THC incomparable con la que existía en los años del hipismo. No es raro que los ingresos en urgencias por “psicosis cannábica” se hayan multiplicado en los países que –como España- practican una postura de tolerancia hacia la venta y distribución de marihuana.

Por otra parte, viendo esta serie se entiende perfectamente que alguien que es consumidor habitual de marihuana esté inhabilitado para llevar una “vida social integrada”. Simplemente su vida se encarrila por los derroteros de la marginación. Y no se piense que por vida integrada entendemos una vida conformista y burguesa, sino más bien una vida plena: intelectualmente activa, profesionalmente brillante y socialmente orgánica. ¿Qué la marihuana fue símbolo de desafío al “sistema”? Si, hace cincuenta años: hoy es un negocio para aturdir a quien se deje y mantener tranquila a masas evitando que perciban el vacío existencial de sus vidas, los problemas insuperables de civilización que tienen por delante y se conformen alimentándose de patatas fritas (los anuncios de Lay’s que aparecen en esta serie no son casuales) como si se tratara de un filette Mignon, o de caviar del Volga…

En el momento actual, nos parece una serie que Netflix debería reconsiderar. No creemos que supere los 10 episodios, ni que haya una segunda temporada. La basura al basurero. Lo más lamentable es que Kathie Battes no haya seguido el camino de las veteranas como ella, Susan Sarandon en Ray Donovan o de Sigourney Weaver en The Defenders, recicladas en series televisivas, algo más sólidas y tangibles que Disjointed. ¡Qué malísima serie para un buena actriz!