FICHA

Título original: Plastics Disasters
Título en España:  Desastres plásticos
Temporadas: documental
Duración episodio: 260 minutos.
Año: 2016
Temática: Documental.
Subgénero: Salud y estética.
Resumen: Revista documental sobre operaciones estéticas que han salido mal y han dejado a sus víctimas en una situación opuesta a la que pretendían, tratando de mejorar su imagen se han convertido en algo parecido a monstruos en el mejor de los casos.
Protagonistas: entrevistas a afectados por este tipo de operaciones de cirugía plástica.
Lo mejor: El tema elegido para denunciar los excesos de cirujanos y la inconsciente de las víctimas
Lo peor
: Que es real como la vida misma.
Lo más curioso: Que hay gente que se engancha a las operaciones de cirugía estética.
¿Cómo verlo?: En HBO. Actualmente puede bajarse mediante programas P2P en versión original.
Puntuación: 7

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Lo mínimo que puede decirse sobre DESASTRES PLÁSTICOS

¿Quién no se ha cruzado por la calle en alguna ocasión a alguna mujer que ha abusado en sus labios o en sus pómulos de sobredosis de bótox y ha quedado, simplemente, hecha un adefesio? ¿Quién no ha visto a famosillos del tres al cuarto que hace diez o quince años tenían una cara, más o menos agradable y juvenil, y hoy son verdaderos espectros freakys a base de más y más modificaciones en su rostro? Y en el extremo límite, podemos recordar a Donatella Versace que, en un tiempo tuvo un indudable atractivo y a base de pasar por el quirófano han quedado, literalmente, desfigurados. Pues bien, éste documental alerta sobre todos estos desastres estéticos. Y hace bien.

La cirugía estética –salvo en casos extremos de deformidades, quemaduras o malformaciones- es una de las muestras más extremas de la banalidad inherente a la civilización moderna. Es el resultado de un tiempo en el que el “look” (la imagen) tiene mucho más interés que la “personalidad”. El “look” es una especie de reflejo de la personalidad, pero se trata de un reflejo lejano, falso, sin excesivas relaciones con el original. ¿Podéis imaginar a un Napoleón que no se hubiera sometido a un proceso de “aumento de estatura” (que existe)? ¿O a un Julio César interesado por hacerse implantes de cabello para remediar su calvicie o a Cleopatra pidiendo a su médico una reducción de nariz o un aumento de pecho? Y, sin embargo, actores que en su momento tuvieron cierto atractivo, Mikel Rurke, actrices de rostro más que agradable, Meg Ryan entre otras, se han convertido en irreconocibles tras su paso por un carnicero estético. ¿Dónde está el problema? Tiene diversos orígenes: para unos, el no reconocer el curso de la naturaleza y el envejecimiento inevitable: desde que nacemos, entramos en tiempo de descuento. Lo sabía el budismo del siglo VI a de JC: la sabiduría consiste en no alegrarse con la juventud ni lamentar la vejez. Para otros, la cirugía estética es una forma de adoptar otra imagen, dejar de ser lo que somos verdaderamente para ser otra cosa: una construcción quirúrgica que, a veces sale moderadamente bien y otras lamentablemente mal.

Uno de los problemas que ya se vieron en aquella memorable serie Nip/Tuck fue que algunas personalidades, bastante frecuentes por lo demás, se enganchan con absoluta facilidad a la cirugía estética. A principios del siglo XX, un cirujano alemán bautizó a una especie de cirugía reconstructiva como “plástica”. Era justo: a fin de cuentas, “plástico”, en griego quiere decir “dar forma”, “modelar” o “cambiar la forma”. Gracias a la cirugía plástica algunos ex combatientes que habían  resultado heridas en las muchas guerras del siglo XX pudieron ver, al menos en parte, reconstruida su cara y mejorada en relación a cómo habían quedado en los combates. El problema vino cuando en los años 60 se convirtió en una de las más lucrativas formas de ejercicio de la medicina y de la cirugía.

Un cirujano, en este documental, lo reconoce: los quirófanos se convirtieron en cadenas de montaje que debían atender a clientes atraídos por una publicidad convencional que servía tanto para vender coches como para remodelar una vivienda o… el rostro e incluso todo el cuerpo. Para colmo, en esos años empezaron a ponerse de moda las operaciones de cambio de sexo que, inicialmente se redujeron a creación de mamas, y alteraciones en la fisonomía del rostro que acercaban las fracciones originarias de un hombre a las de la mujer. Luego llegó el bótox, las liposucciones, antes los arreglos de nariz que en los años 60 y 70 eran fácilmente reconocibles (toda las narices operadas terminaban teniendo los mismos rasgos).

Todo esto parecía muy innovador y progresista, pero hemos de pensar en lo que suponía: habitualmente se entra en un quirófano cuando no existe ninguna otra forma de resolver un problema grave… ¿podemos imaginar lo que supone que gente sana, con problemas que probablemente son sólo psicológicos y, en cualquier caso, menores, entre voluntaria y reiteradamente a realizarse operaciones de cirugía estética. En algunos países iberoamericanos hemos podido observar padres que regalan a sus hijas adolescentes para su cumpleaños operaciones de aumento de pecho, de inyección de bótox en los labios y demás barbaridades. Para esas adolescentes, entrar en el quirófano se ha convertido en algo tan natural como pasar por el super y comprar lo que se cree necesario.

Y lo peor: estas operaciones no siempre salen bien. Toda operación quirúrgica entraña un riesgo. De ahí que no sea recomendable entrar en el quirófano salvo como última ratio. Siempre existe el riesgo de que algo salga mal: cuando se trabaja en serie –y los cirujanos prácticos actúan como en una cadena de montaje, con lo que los despistes y las distracciones están a la orden del día- se corre ese riesgo. Frecuentemente ocurre lo peor. Este documental nos muestra algunos casos extremos (además de una perspectiva histórica sobre la historia de este tipo de cirugía).

No está de más que si alguna vez hemos tenido la tentación de hacernos un lifting facial para engañar sobre nuestra edad, o a una liposucción para conseguir lo que podríamos hacer simplemente llevando una vida sana y una dieta adecuada, o conocemos a alguien que esté tentado por ello, ver este documental, literalmente escalofriante (pero no demagógico), podría ayudar a disuadirle y a que impere el sentido común: somos lo que comemos, tenemos la imagen que corresponde a nuestra edad. Y el envejecimiento es inevitable, de la misma forma que los malos hábitos de vida, consumen y machacan. Poner en un Ford T de principios del siglo XX, una carrocería un Maseratti último modelo, no engañará a las leyes de la física. Pasar por el cirujano, tampoco y, lo que es peor, podemos quedar –a la vista está- convertidos en monstruitos o sufrir secuelas para toda la vida. Vale la pena conocer lo que nos jugamos. Véanlo y recomiéndolo a quien siente la tentación de entrar por su propio pie en el quirófano. Y maldigan nuestros tiempo en el que el “look” implica tales barbaridades.