FICHA

Título original: La forja de un rebelde
Título en España:  La forja de un rebelde
Temporadas: 1 (6 episodios)
Duración episodio: 50 minutos.
Año: 1990
Temática: Biográfica.
Subgénero: Guerra Civil.
Resumen: Memorias de Arturo Barea Ogazón, uno de los escritores republicanos exiliados, que abarca desde la guerra de Marruecos hasta su papel como censor durante la guerra civil.
Protagonistas: Antonio Valero, Carmen Rossi, Lydia Bosch, Paco Catalá, Alejandra Grepi, Emilio Gutiérrez Caba, Mercedes Lezcano, Jorge Juan García Contreras, Ángel de Andrés López, Ángel de Andrés.
Lo mejor: El texto original de la novela.
Lo peor
: Los primeros capítulos son aburridos y con pocos avances.
Lo más curioso: Fue la producción más costosa hasta ese momento asumida por TVE: 2.300 millones de pesetas.
¿Cómo verlo?: En Televisión a la Carta de TVE (ver el enlace indicado).

Puntuación: 7

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Lo mínimo que puede decirse sobre LA FORJA DE UN REBELDE

Pocas series como esta han representado con más claridad a las “dos Españas”. No es raro que la serie apareciera en el último período del felipismo. La serie se beneficia de un libreto original extraído de la trilogía autobiográfica escrita por Arturo Barea en la postguerra y editado en su exilio londinense, cuando ya no era un rebelde y cuando sus impulsos de juventud habían quedado muy atenuados en la redacción de la BBC (dónde se podía ser cualquier cosa, menos rebelde). El texto (y, consiguientemente, la serie) nos da la visión de la “otra España”. Desde 1939 hasta 1975, una era la que se había afirmado: a partir de esa fecha era a la otra a la que le tocaba ofrecer su relato de lo que había sucedido durante la República y  la Guerra Civil. Así pues, esta serie merece ser valorada desde dos puntos de vista: desde el de la serie en sí y desde el histórico.

Desde el punto de vista de la realización, la serie –dirigida por Mario Camus- es impecable. No puede sorprender porque el director se benefició de un presupuesto hasta entonces no alcanzado por producción alguna en TVE: 14 millones de euros de ahora, una cantidad que en pesetas resultaba todavía más impresionante. Se contrató a los mejores actores de la época y se puso un particular empeño en la ambientación. Hubo actuaciones brillantes (Gutiérrez Caba, Ángel de Andrés), algo frías (Antonio Valero como protagonista) y flojas (Lydia Bosch que entonces no parecía estar en su mejor momento).

La historia tardaba en arrancar: para muchos espectadores los dos primeros capítulos centrados en la infancia de Barea se hacen interminables y poco prometedores. Posiblemente, a mediados del segundo episodio, muchos decidieron interrumpir la serie y ver alguna película vídeo VHS que entonces seguía en el candelero. La serie remonta en el tercer episodio en el que Barea aparece en el ejército de África durante la guerra de Marruecos. Los dos últimos capítulos corresponden a los últimos años de la República y a la Guerra Civil. En esta segunda parte, la serie gana velocidad e interés y se convierte en más ágil para los espectadores que hayan sobrevivido a la primera parte.

Hasta aquí, la serie puede verse e incluso admirarse, especialmente si tenemos en cuenta que es una producción realizada en 1990. Quedaría examinar el trasfondo de lo que nos está contando. Y aquí es donde aparecen los problemas. En primer lugar, un maniqueísmo, comprensible en los años en los que fue escrita la novela e incluso atendiendo a la situación de exilio del personaje, pero que ya en 1990 parecía fuera de lugar. Ni los “buenos” fueron tan buenos, ni los “malos” tan terribles, salvo en los panfletos emitidos por uno y otro bando. Si algo se puede reprochar a esta serie es que solamente podía gustar a los republicanos, pero no ayudaba en nada a superar la dicotomía y la brecha entre las dos Españas. Por otra parte, algunos elementos son excesivamente panfletarios (ver el enlace con el diálogo entre Barea y un sacerdote en el que está demasiado claro el desenfoque: el papel de la Iglesia durante la República –contrariamente a lo que se tiene tendencia a pensar-, no fue “golpista”, sino de apoyo a la derecha “accidentalista” que apoyaba a la República y que permaneció ajena al golpe del 18 de julio). Lo que demuestra Barea es que no ha entendido algunos de los problemas que llevaron a la Guerra Civil: simplemente, se aferra a sus posiciones de juventud, las idealiza desde su mesa en la BBC y se niega a ir más allá que donde había llegado el esquematismo propagandístico de la España Republicana. Y, en este sentido, la serie puede ser tomada como símbolo, ejemplo y resumen de una forma de ver la historia de la República y de la Guerra Civil, pero no desde luego, una forma justa, objetiva, razonable y, sobre todo, superadora de las “dos Españas”.

La serie se estrenó en el último período del gobierno de Felipe González. Se estrenó sospechosamente poco antes de las elecciones en Andalucía y en un momento en el que caían acusaciones sobre el gobierno socialista por el GAL, en un ambiente de crisis económica y cuando la imagen pública del presidente de gobierno empezaba a estar ya muy deteriorada. En aquel momento, la TVE era un arma política de primer orden y una serie que enalteciera a una de las dos Españas frente a la otra no era completamente inocente. Y es que este país no avanza: la visión maniquea de nuestra historia parece estancada e insuperable casi 30 años después del estreno de La forja de un rebelde.

Buena serie y que vale la pena ver, pero que convencerá solamente en función de la opinión política que se sostenga. Gustará a gentes proclives a admirar a la izquierda, será duramente denostada por los de la otra acera y aburrirá a los apolíticos que no entenderán muy bien las situaciones, las actitudes y lo que se está contando. El crítico, lo que puede sostener es que se desaprovecharon los recursos técnicos y que el resultado estuvo por debajo de lo que hubiera podido ser un testimonio sobre la Guerra de Marruecos, la República y la Guerra Civil.