FICHA

Título original: Broken
Título en España: Broken
Temporadas: 1 (6 episodios)
Duración episodio: 60 minutos.
Año: 2017
Temática: Drama.
Subgénero: Religión.
Resumen: El padre Kerrigan es sacerdote a cargo de una parroquia en Irlanda del Norte que diariamente debe enfrentarse a la contradicción entre su fe y los problemas muy materiales y concretos de su congregación Una de sus feligresas, madre de varios hijos, está atravesando particularmente una mala situación y el padre Kerrigan se vuelca en su ayuda.
Protagonistas: Sean Bean, Anna Friel, Adrian Dunbar, Sam Rintoul, Muna Otaru, Mark Stanley, Rochenda Sandall, Paul Copley, Vanessa Earl, Steve Gari, David McClelland, Paula Malcomson, Aisling Loftus, Lauren Lyle, Steve Evets, Faye McKeever, Eileen Nicholas, Dylan Naden, Neil Bell, Manoj Anand, Clare Calbraith, Fin Campbell, Gabriel Downes, Jessica May Buxton.
Lo mejor: El papel de Sean Bean como sacerdote.
Lo peor
: Los tintes melodramáticos excesivos en algún momento.
Lo más curioso: A pesar de que la serie está ambientada en el Ulster fue íntegramente filmada en Liverpool.
¿Cómo verlo?: No ha sido emitida en España. Puede bajarse mediante programas P2P e incorporarse los subtítulos en castellano en http://www.subdivx.com

Puntuación: 7

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Lo mínimo que puede decirse sobre BROKEN

Reconocemos que los melodramas no son lo que más nos interesa en el mundo de las series, sin embargo, también aceptamos que algunos melodramas son mejores que otros, están mejor interpretados o bien pertenecen a la gama alta de la especialidad, aquella en la que los sentimientos y los impulsos de los protagonistas se transmiten al público de la manera más viva y descarnada. Ésta serie, Broken, es una de ellas, digerible solamente por quienes sean proclives a este género, pero con la seguridad de que no les decepcionará. Broken, a todo esto, es un palabro inglés que viene a significar algo roto, estropeado, escindido, quebrado, cortado y, a la postre, destrozado: como el protagonista, el padre Kerrigan.

Sean Bean es el “padre Kerrigan”. Bean ha pasado de ser el protagonista indiscutible de la primera temporada de Juego de Tronos y uno de los elementos que más enganchó a este serie hasta que su cabeza rodó cuando ya estábamos irresistiblemente ganados por la Guardia de la Noche, los Stark, y el clima medieval indeterminado de la serie, a ser sacerdote católico en la muy católica Irlanda. Si tenemos en cuenta que, habitualmente, sus papeles son de tipo duro, más recio que un bloque de marmolillo del ocho, en principio estaríamos tentados de pensar que ser un bondadoso sacerdote, escindido interiormente (broken) entre su fe y la necesidad de realizar algo concreto frente a la pobreza, no es el papel que mejor le cuadra. Y, sin embargo, después de las primeras escenas, ya hemos olvidado aquellas interpretaciones en las que espada o pistola en mano resolvía las situaciones más arriesgadas, y no podemos imaginarlo de otra manera que con casulla, leyendo el misal, oficiando y con expresión abnegada y beatífica que denota una increíble paz interior. Es el rasgo de los buenos actores: son creíbles  en cualquier papel que se les dé.

Bean es un sacerdote en Irlanda del Norte. Está al frente de una parroquia en la que se está preparando la ceremonia de primera comunión de los más jóvenes. Colaboran otros fieles y, como suele ocurrir, cada uno tiene una idea particular de cómo debe ser ese día. El padre Kerrigan media, instruye, sugiere, hace oír su voz y se implica en los problemas de su comunidad. Pero él mismo siendo que algo dentro de él se ha roto: por una parte circula su fe, con sus dogmas, sus ritos y sus certidumbres; es, a fin de cuentas, el mensaje que tiene que propagar. Por otra, en cambio, está la realidad social que le rodea: familias de clase media, pero también víctimas de la crisis económica, familias desestructuradas, madres solteras que apenas pueden soportar la pesada carga de trabajar por salarios miserables, cuidar a sus hijos, mantener el hogar y sobrevivir. Una de estas feligresas es “Christina Fitzsimmons”, interpretado por Anna Friel (Marcella, American Odyssey), en paro, con un hijo a su cargo, incapaz de llegar a fin de mes y hundida bajo el umbral de la pobreza. Resulta inevitable que un sacerdote piadoso y compasivo, se interese por ella. No es la única, porque inmediatamente aparece otra mujer joven por su confesionario que le transmite su intención de suicidarse antes de que concluya el día, acaba de robar un cuarto de millón de libras y sabe que será descubierta. No son los únicos dramas que el padre Kerrigan debe afrontar y que suponen para él un baño de realismo y un tirón que le hace abandonar las altas cumbres de la espiritualidad en las que cree. Pero hay algunas ideas y algunos recuerdos del sacerdote que le remiten una y otra vez a sus años de infancia. Los flashbacks son cada vez más continuos y debe consultar a un psiquiatra del obispado. Tal es el arranque de la trama que se desarrolla cada vez más por senderos melodramáticos y depresivos.

Hay que decir que la Iglesia Católica es tratada con sumo respeto y ningún fiel podrá sentirse ofendido por lo que ve y oiga en esta serie. Se nos está hablando de sacerdotes verdaderamente existentes, de sus problemas y de sus dudas, de sus inquietudes y de su fe. Ciertamente, la tarea del sacerdocio se ha visto empañada en los últimos tiempos y acaso ya no existan sacerdotes como los de antes que sean verdaderos maestros espirituales. En estos tiempos de desvalorización de lo religioso, debemos pensar lo que supone para un sacerdote bienintencionado el sentarse en el confesionario y oir todas las miserias humanas: si alguien puede percibir la monstruosidad de la sociedad es el sacerdote que escucha cada día manifiestos de bajas pasiones, de iniquidades, de pecados insospechados… y debe permanecer sereno. Si a eso se une, una sensibilidad social que identifique al sacerdote con los problemas de sus feligreses más necesitados, se entenderá el drama que viven los titulares de muchas parroquias. De estos nos habla esta serie a lo largo de sus seis entregas.

Una serie interesante, extraordinariamente bien interpretada y convincente. Sería difícil encontrarle un pero, salvo el hecho de que bastante tenemos con nuestra vida cotidiana, que suele no ser un camino de rosas, para que una serie bien elaborada y adictiva nos haga compartir los problemas de otros elevados a la enésima potencia. La serie, por tanto, tiene que ser vista y puede ser apreciada especialmente por quienes sientan que el melodrama es lo suyo o bien que quieran enjugar sus problemas intuyendo que hay gente que todavía está peor. Si usted es de los que no tienen un género definido y distinguen entre series regulares, series malas, series muy malas, serie buenas y series excelentes, le animará saber que está pertenece a la gama más alta.