FICHA

Título original: The White Princess
Título en España: The White Princess
Temporadas: 1 (8 episodios)
Duración episodio: 60 minutos.
Año: 2017
Temática: Drama
Subgénero: Histórico
Resumen: Isabel de York, hija de la Reina Blanca, acaba de perder a su marido, el rey Ricardo III en la batalla de Bosworth y se casa con Enrique VII de Inglaterra, reuniendo a las dos casas reales que se había enfrentado en la Guerra de las Dos Rosas, sin embargo, el conflicto proseguirá durante su tumultuoso reinado.
Protagonistas: Jodie Comer, Jacob Collins-Levy, Chris Barnicoat, Rebecca Benson, Mark Anthony Games, Ian Massey, Katie Powles, Samuel Rush, Taynee Lord, Michelle Fairley, Essie Davis, Heidi Ely, Hannah Floodpage, Alison Garner, Patrick Gibson, Oliver Hembrough, Suki Waterhouse.
Lo mejor: El casting es completo, recurre a actores consumados y toda la interpretación es brillante.
Lo peor
: Presenta algunos elementos propios del siglo XIX y XX como medievales.
Lo más curioso: La miniserie está basada en la novela del mismo nombre escrita por Philippa Gregory.
¿Cómo verlo?: En HBO.

Puntuación: 6,5

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Lo mínimo que puede decirse sobre THE WHITE PRINCESS

Drama histórico, basado, no tanto en la Historia con mayúsculas como en la novela del mismo nombre escrita por Philippa Gregory en 2013. Los puristas partidarios del rigor histórico con concesiones, han achacado a la Gregory la fidelidad de lo que relata. Ella, por su parte, siempre ha gustado alardear de “su compromiso con la exactitud histórica”, pero ya se conoce aquello de que, no dejes que la realidad te estropee una buena historia. El prestigioso historiador británico David Starkey ya aludió, refiriéndose a las novelas de Philippa Gregory, que era hora de que el público “deje de tomar seriamente a los novelistas históricos”. En España podríamos decir otro tanto de un género que se ha implantado en España desde mediados de los 90 y que tiene unos pocos representantes aceptables (francamente, lo reduciríamos a Pérez Reverte) y una cantidad de mediocridades que se creen “novelistas históricos” sólo porque sitúan sus tramas en el año de la polka. Así pues, vale la pena tener en cuenta cuando veamos The Whitte Princess que lo que vamos a ver es un dramón situado en la Inglaterra del siglo XV, no la historia inglesa del siglo XV.

La trama nos sitúa en el último tercio de la llamada Guerra de las Dos Rosas que enfrentó a la casa de York (la rosa blanca) y a la casa de Lancaster (la rosa roja). La serie comienza con algunos flashbacks en los que se muestra como Ricardo III es derrotado por Enrique Tudor en la batalla de Bosworth. La Rosa Roja se ha impuesto sobre la Rosa Blanca y la madre de Enrique Tudor plantea el matrimonio de su hijo con la viuda del Rey muerto… sólo si ésta es fértil. Lo es. Así pues se produce el matrimonio y, poco a poco, la nueva reina va ganando afecto por su marido, mientras que su madre intenta por todos los medios resucitar la causa de los York y lograr nuevas sublevaciones de la nobleza para entronizar al joven príncipe desaparecido.

La “Princesa blanca” no asume el tener que casarse por “interés de Estado” y alude en un momento dado a que “siempre he soñado casarme por amor”… Eso puede parecer en la actualidad una obviedad, pero en el siglo XV –y de hecho hasta el siglo XIX- la gente no se casaba por amor sino por interés de parte: se unían dinastías, patrimonios, familias, terrenos, se compensaba un título nobiliario de mucho lustre y pocos caudales uniéndola a una fortuna plebeya, el amor podía o no aparecer, pero era, siempre y en todos los casos, completamente secundario por extraño que nos pueda parecer hoy. Fue en el siglo XIX cuando la “revolución romántica” trastocó todo eso y lo fio todo a ese impulso emotivo y sentimental que llaman “amor” y cuyo ciclo biológico es siempre el mismo: cuatro años de pasión y luego una vida para soportarse, divorciarse o alegrarse la vida con otra boda, otro divorcio y así entrar en la rueda de la poligamia occidental consentida, legalizada y bendecida, que de todo hay. Pero en la Edad Media y en una Casa Real, la razón de Estado primaba sobre cualquier otra consideración y en el caso de aquel matrimonio la intencionalidad parecía clara: unir los siete condados ingleses bajo una sola dinastía que reuniera a las dos familias, York y Lancaster. Tal es el primer y gran error garrafal presente en la novela de Philippa Gregory y que reproduce es miniserie.

Así pues, cuando veamos esta serie debemos recrearnos en las interpretaciones, incluso en la guionización, en una ambientación cuidada, pero no es Historia con mayúsculas sino historia novelada. Si nos interesa la historia de aquel período podemos recurrir a innumerables obras de eminentes historiadores y de divulgadores rigorosos como André Mourois que dedica unas decenas de páginas a aquel conflicto en su Historia de Inglaterra, publicado en 1937 y reeditado en múltiples ocasiones (hay una reciente de Ediciones Ariel). La serie nos sirve para encuadrar un momento de la historia británica, pero no para entrar en profundidad ni en lo que significó ni en su verdadera dimensión, sino que solamente muestra conspiraciones palaciegas demasiado similares a las que estamos viendo en nuestros días y personajes vestidos como en el siglo XV pero descritos con la mentalidad del siglo XXI y que actúan como lo harían hoy. Por lo demás, la serie es digna, realizada con esmero, con un casting particularmente notable, unas actuaciones sobrias y reposadas sin excesos ni gesticulaciones, sin gritos ni languideces y consigue entretener a un espectro muy amplio de público.

Quizás es a partir del capítulo VI cuando descienda la calidad y el esfuerzo de ambientación. Al presentar a los protagonistas pidiendo ayuda en España, vemos que nadie en el equipo ha estado sembrado con el tratamiento que recibe el Reino de Castilla. Todo lo que vemos de Sevilla es tan tópico que se siente vergüenza ajena del despropósito. Realmente, hubiera sido mejor eliminar ese capítulo antes que emitir en España algo que resulta vergonzoso. A partir de ese momento, reconozco que resulta difícil tomarse en serio esta producción. En algunos momentos da la sensación de estar viendo una comedia madrileña de los 80. La explicación reside en que la serie, a fin de cuentas, no es inglesa, sino norteamericana y Hollywood, maltrata todo lo que toca cuando se refiere a la Historia.

Puede verse, pero, atención a la sexta entrega, que puede resultar demoledora. Y, sobre todo, que nadie crea que por ver esta serie se convierte automáticamente en experto sobre la Guerra de las Dos Rosas.