FICHA

Título original: The Jinx
Título en España: The Jinx
Temporadas: 1 temporadas (6 episodios)
Duración episodio: 44 minutos.
Año: 2015
Temática: Crímenes.
Subgénero: Documental.
Resumen: Robert Durst aparece vinculado a tres crímenes, en apariencia absurdos pero en los que siempre se encontraba cerca. Durst, a petición propio, se ofreció para un documental en el que cometería un error suficiente para incriminarlo por el asesinato de su mejor amiga.
Protagonistas: Robert Durst, amigas y familiares de los personajes asesinados, los abogados, policías, fiscales y forenses que llevaron los casos.
Lo mejor: La demostración de que muchas veces la realidad supera a la ficción.
Lo peor
: Que el personaje ha sido inexplicablemente absuelto de dos de sus crímenes.
Lo más curioso: La serie se utilizó para detener a Durst y acusarlo de un asesinato del que todavía no había sido imputado.
¿Cómo verlo?: En HBO. Antes ha sido emitido por Yomvi y Canal+ Xtra

Puntuación: 7

PROMO (en inglés)

PROMO (subtitulado en castellano)

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Lo mínimo que puede decirse sobre THE JINX

Así está la justicia en los EEUU: si tienes el dinero suficiente para garantizarte una buena defensa (lo que implica disponer de algunos millones de dólares) puedes permitirte el lujo de ser un asesino psicópata en activo durante décadas, siempre habrá jurados dispuestos a creer los alegados de tus abogados, reír con ellos, y absolverte más allá de cualquier duda. Es el caso de Robert Durst cuya vida y cuyos crímenes nos muestra esta serie documental de seis episodios. No hace falta dramatizar totalmente los crímenes (como en American Crime Story, La sombra de la verdad), recurrir a documentales de época para realizar productos torticeros (Who Lindbergh’s Baby) o recurrir a actores, alternándolos con entrevistas y material documental (como en muchísimas series llegadas de EEUU y Canadá desde el 2000), basta simplemente con entrevistar al sospechoso que intenta presentar la mejor imagen de sí mismo y aparecer como víctima de linchamientos mediáticos, antes que en su verdadera dimensión de psicópata.

Hay algo en la mente de Robert Durst que no es normal. Y no sólo por los crímenes, sino por el hecho de que fuera frecuente que se disfrazara de mujer o que, con casi 38.000 dólares en efectivo, optara por robar un perrito caliente en un supermercado, haciéndose detener, o, simplemente que, cuando había salido indemne de dos asesinatos, optara por ponerse en contacto con Andrew Jerecki para ofrecerle la entrevista que antes había negado de decenas de periodistas y que, finalmente, lo llevó a ser encausado por tercera (y, probablemente, definitiva) vez.

En España, el nombre de Robert Durst no dice nada. En EEUU es una leyenda inmobiliaria, casi un Trump más modesto en su proyección pública, pero con intereses inmobiliarios próximos a los del actual presidente de los EEUU. La familia Durst posee la friolera de nueve rascacielos en Manhatan administrados por la compañía National Debt Clock de la que el propio Robert era heredero y debía estar al frente. Pero no le iba encerrarse en una oficina. Era un tipo raro, hijo primogénito de Seymour Durst, judío procedente de Hungría que llegó a los EEUU después de la Primera Guerra Mundial y en 1927 fundó la empresa. Robert, su hijo, tuvo una esmerada educación, pero era reservado, asocial, poco comunicativo, además de prepotente y violento. Se casó con una chica encantadora, no-judía, Kathleen McCormack que nueve años después desapareció en misteriosas circunstancias. Todas las pistas apuntaban a la culpabilidad de Robert Durst, pero no se encontró el cadáver, ni el escenario del crimen… por tanto, no había caso. De todas formas, fue suficientemente sospechoso, el que mintiera sobre sus movimientos en los días anteriores a la desaparición y en la noche en la que se produjo. Esto ocurría en 1982, cuando Durst tenía 39 años. No fue el único crimen que se produjo en su entorno. En 2000, Susan Berman, una antigua amiga de Durst, al que conocía desde hacía mucho y con la que mantenía una estrecha relación, apareció asesinada. Se rumoreaba que conocía la identidad del asesino de Kathleen y había sido llamada a declarar para unos días después de que fuera hallada muerta. Durst fue detenido, pero resultó absuelto. Un año después, en 2001, apareció un cuerpo descuartizado en la bahía de Galveston: era Morris Black, un tipo sombrío cuyo vecino era una “mujer muda” que no era otro que Durst… Obviamente, fue considerado como sospechoso desde el primer momento y detenido después de robar un perrito caliente en el supermercado.

Alguien con esa trayectoria, obviamente, tiene algo en la cabeza que no le funciona muy bien. Hay “algo” que, en momentos concretos, le induce a la violencia. Y, al mismo tiempo, es suficientemente inconsciente como para hacer todo lo posible para ser detenido, jactarse luego ante un periodista de haber cometido los asesinatos y tener esa sensación de impunidad que da el poseer millones de dólares… Al mismo tiempo Durst posee la imaginación y el cinismo propio del psicópata egomaníaco que siempre encuentra una justificación para sus crímenes en la infancia (su madre, se suicidó –dice- delante suyo).

El documental realizado por Andrew Jerecki y escrita al alimón con Marc Smerlin quienes aprovecharon todo el material que habían recogido durante cinco años para filmar, además del documental en seis entregas, la película Todas las cosas buenas (2010), protagonizada por Ryan Gosling y Kirsten Dunst, basado en la desaparición de la esposa de Durst.

A decir verdad, Durst parece haber engañado solamente a los jurados que han deliberado en sus juicios (hace falta tener tragaderas o ser completamente idiota para calificar el hallazgo de un cadáver descuartizado, el de Morris Black, como “homicidio accidental”): la primera impresión que produce es la de un psicópata, con mirada fría, casi impasible salvo por una serie creciente de tics faciales, lo único capaz de romper la rigidez pétrea de su rostro. Para los policías que lo investigaron, desde el primer momento, no había dudas: él era el criminal responsable del asesinato de su esposa por mucho que el cadáver no hubiera aparecido.

Un excelente documental que muestra una vez más que la justicia no es igual para todos y que basta tener una cuenta corriente con el suficiente números de ceros para poder contratar a un abogado encantador de jurados. Lo más terrible es que si Durst no se hubiera puesto él mismo la soga a su cuello en el curso de la entrevista con Jerecki, hoy seguiría impune en lugar de sospechoso a la espera de juicio. Y parece difícil que en esta ocasión se salve. En efecto, la inyección letal le llegará con más de treinta años de retraso desde que hizo los primeros méritos.