FICHA

Título original: Iron Fist
Título en España: Iron Fist
Temporadas: 1 temporada (13 episodios)
Duración episodio: 60 minutos.
Año: 2017
Temática: Intriga.
Subgénero: Artes marciales.
Resumen: Quince años después de haber desaparecido en el curso de un accidente aéreo, Danny Rand regresa a Nueva York convertido en un “Iron Fist”, un guerrero destinado a luchar contra el poder de una sociedad secreta que gobierna los destinos del mundo: “la Mano”.
Protagonistas: Finn Jones, Jessica Henwick, Jessica Stroup, Tom Pelphrey, Barrett Doss, David Wenham, Clifton Davis, Rosario Dawson, Ramon Fernandez, José Báez, Ludovic Coutaud, Toby Nichols, Craig Geraghty, Donté Grey, Doua Moua, Tijuana Ricks, Paugh Shadow, Yinka Adeboyeku, Murray Bartlett, Justin Blake, Nikita Bogolyubov, Nicole Bonifacio.
Lo mejor: Alguna coreografías de lucha tienen muy buen nivel.
Lo peor
: Al protagonista y a la historia le faltan cierta coherencia y son algo dispersos.
Lo más curioso: Al protagonista se le ha calificado como “millonario de la Era Trump”: en un pispás logra hacerse con el control de un pastizal.
¿Cómo verlo?: Se emite por Netflix.

Puntuación: 6

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Lo mínimo que puede decirse sobre IRON FIST

Aparecen unos individuos de aspecto malcarado: “Buscamos a Iron Fist”. El otro les responde con una media sonrisa: “¿Es algún tipo de aparato erótico nuevo?”. El chiste era inevitable y más vale que lo planteara la propia serie antes de que se convirtiera en viral. “Iron Fist” no es, desde luego un aparato de placer”, una especie de “elegido”, el predestinado, formado en un lugar situado en otra dimensión, el Shangri-La de Al filo de la navaja (1946) para combatir a “la Mano” (¿y qué es la Mano? El mismo personaje anterior nos lo cuenta: “Son los Iluminati, pero de verdad…”). Y luego está el recuerdo evocador de Tarzán, aquel chico hijo de familia con posibles que pierde a sus padres y reaparece convertido en un superman antelitteram rey de la selva. Si a esto añadimos, unas pildorillas de filosofía zen extraídas de cualquier manual y lugares comunes con aquel “pequeño saltamontes” que fue David Carradine de Kung-Fu, y se unen elementos propios de series como Billions, agitándolo todo, poniéndole el marchamo de la Marvel, lo que tendremos es, simplemente Iron Fist: puño de acero.

Todo esto, que parece muy denso y opaco, hay que desgranarlo para hacerlo comprensible. La serie va de un superhéroe, diestro en artes marciales y capaz de convertir –concentrándose en el Chi, ese punto situado algo abajo del ombligo en donde la fisiología oriental sitúa el centro energético del ser humano- y transformar su puño derecho en una especie de martillo de acero que brilla con destellos dorados y todo. No lo hace a menudo (al parecer le provoca una bajada de energía en el Chi que luego debe recargar como si se tratara de un coche eléctrico), pero cuando lo hace es todavía más invencible que de costumbre. Ha aprendido estas técnicas en un monasterio alejado de nuestro mundo de las tres dimensiones y situado en otra que resulta inaccesible. Ha llegado allí después de tener un accidente aéreo sobre el Himalaya (¿entienden por qué la referencia a Shangri-La? Que, por cierto, aquí se llama K’un-Lun), sus padres han muerto y solo él ha sobrevivido. Eran una familia feliz, propietaria de una gigantesca compañía neoyorkina (de hecho su familia y sus socios eran los clanes más millonarios de Nueva York). Al desaparecer, el socio se ha hecho cargo de la empresa y la ha engrandecido más aún, luego ha muerto y son sus hijos quienes la manejan. Y en eso llega un mendigo descalzo que dice ser el propietario del 51% de la empresa… Es “Danny” que vuelve a cada para completar la misión para la que ha sido preparado: destruir a “la Mano”, una peligrosa organización secreta, dueña de los destinos del mundo (y, por tanto, responsable de todas las desgracias que ocurren en el mundo).

La serie tiene su origen en el personaje de la Marvel Comics Group creado en 1974 por Roy Thomas y Gil Kane. Es un producto ligero para un público, especialmente juvenil, al que le gusten las películas de artes marciales, no haya visto la serie histórica Kung-Fu (el cómic nació, precisamente y, no por casualidad, en los tiempos en los que David Carradine triunfaba con el personaje de “Kwai Chang Caine”) y tenga cierta propensión conspiranoica (los monjes de K’un-Lun son los “guías del mundo” han habituales en el ocultismo teosófico que hizo furor entre el último cuarte del siglo XIX y el primer tercio del siglo XX, mientras que “la Mano” son los consabidos “Iluminati”, quintaesencia de la maldad que pugna por conquistar el mundo y desviarlo de su ruta).

Se trata de una serie que, vista por ese público, le interesará y logrará su más fiel adicción. No esa una serie para adultos que se complacen en encontrar los mil y un errores e incoherencias en el guión, porque éste, a fin de cuentas, importa poco: lo que el público que admira esta serie busca son, sencillamente, las coreografías de peleas y éstas, hay que decirlo, están llevadas con originalidad y pulcritud. El relato, en efecto, contiene elementos contradictorios y poco coherentes: desde la facilidad en la que “Danny Rand” logra hacerse con un puesto en el consejo de administración de la empresa de la que posee el 51%, hasta el hecho de que su amiga del alma haya sido entrenada secretamente por “la Mano”, pasando porque los “malos” son los chino, como queriendo indicar que mejor que el público norteamericano vaya acostumbrándose a verlos como enemigos (más que como simples competidores).

El ritmo de la narración es, seguramente, lo más aceptable: pasan muchas cosas y pasan de manera trepidante. Las pildorillas de filosofía zen que nos ofrece el protagonista, no ocupan demasiado tiempo y son extremadamente simples, casi extraídas de Wikipedia. Los personajes son bastante simples en su concepción, la mayoría planos, lo que corresponde también a los actores que nos encarnan: no destacan por sus cualidades, ni tampoco chirrían en sus roles. La presentación nos lo dice todo sobre la serie: patadas de artes marciales, oscuridad pastosa, ambiente conspiranoico… Hay, eso sí, algunos momentos en los que la fitografía destaca con algunas vistas inéditas de Nueva York. Si hubiera que destacar a algún actor, optaríamos por David Wendham, que hace el papel de patriarca del clan “Meachum”, la familia que se hace cargo de la empresa al desaparecer los “Rand”. Habitualmente, las interpretaciones de este actor inglés son sobrias y convincentes, tanto si va con look neoyokino como en esta serie a si lo hace como guerrero espartano (en 300, 2006) o de cruel pirata (en Piratas del Caribe, 2017) o participa del universo mítico de El Señor de los Anillos (fue el “Faramir” de Las dos torres, 2002, y de El retorno del Rey, 2003), uno de esos actores que lo vistas como lo vistas y lo arrojes a cualquier época, siempre resulta creíble.

A la serie se le puede reprochar dispersión: toca demasiados temas, introduce demasiadas tramas y, finalmente, el espectador opta por resignarse a no ver muy claro el argumento y concentrarse en las coreografías de peleas. El protagonista en apenas dos episodios pasa de ser un mendigo con nociones de zen, a millonario acomodado, mesías para derrocar a “la Mano” y ecologista radical… todo ello en apenas dos horas. Les hubiera convenido a los guionistas pisar el freno y hacer todas estas líneas argumentales algo más creíbles, haber trabajado más los rasgos del protagonista, en lugar de limitarse a un esquematismo demasiado simplista. Pero la serie, con todo, gustará a un público joven y con las tendencias que antes hemos definido.