FICHA

Título original: Melrose Place
Título en España: Melrose Place
Temporadas: 7 temporadas (227 episodios)
Duración episodio: 43 minutos.
Año: 1992-1999
Temática: Drama.
Subgénero: Romántico.
Resumen: Culebrón sobre un grupo de jóvenes acomodados que viven en el mismo bloque de apartamentos en un barrio de Los Angeles. A medida que avanza la serie, van cambiando sus orientaciones personales, se van convirtiendo en cada vez más ambiciosos, cambian de pareja y de trabajo. La serie nos muestra las relaciones entre ellos y sus actitudes ante la vida.
Protagonistas: Thomas Calabro, Courtney Thorne-Smith, Daphne Zuniga, Andrew Shue, Doug Savant, Alyssa Milano, Heather Locklear, Amy Locane, Laura Leighton, Rob Estes, Josie Bissett, Grant Show, Marcia Cross, Kelly Rutherford, Brooke Langton, Kristin Davis, Lisa Rinna, William R. Moses, Alexandra Paul, Chad Lowe, Antonio Sabato Jr., Teresa Hill, Diana Krall.
Lo mejor: Gustó a los partidarios de Beverly Hills 90210 (Sensación de Vivir).
Lo peor
: Era frecuente que algún personaje desapareciera de un plumazo con alguna muerte espectacular.
Lo más curioso: Si se compara la primera temporada con la última se diría que estamos ante dos series completamente diferentes que solamente coinciden en el entorno geográfico..
¿Cómo verlo?: Se emitió a través de Telecinco y posteriormente en La Cuatro. Se puede encontrar a través de programas P2P, comprar en DVD y algunos de los mejores momentos están en youtube.

Puntuación: 5,5

PROMO (en inglés)

CABECERA – 1

CABECERA – 2

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Lo mínimo que puede decirse sobre MELROSE PLACE

No ver Melrose Place en los 90 fue como ignorar El Gran Hermano en la década siguiente: si no la habías visto, perdías tema de conversación con buena parte de tus familiares, vecinos, compañeros y amigos. Ver Melrose Place era obligado en aquella época, como era obligado que la gente joven viera Beverly Hills 90210 (Sensación de Vivir). Ambas eran, a fin de cuentas, complementarias. Cinco años después, hacia mediados de la primera década del milenio, ambas series, simplemente, apestaban y muchos se preguntaban cómo era posible que hubieran perdido cientos de horas en ver estas series y porqué habían desperdiciado tanto tiempo hablando sobre ellas. Nunca dos series fueran tanto en una época, para luego, en la siguiente, ser tan denostadas. Todo tiene su explicación.

Los años 90 fueron extraños. Empezaron con la euforia de ver la caída del Muro de Berlín y saber que nuestro futuro estaba en Internet. Fue una época eufórica en la que alguno incluso se permitió proclamar que habíamos llegado al “fin de la historia” en tanto que “los pueblos felices no tienen historia”. Ciertamente había que vivir en el Congo o en Yugoslavia para sentir su dramatismo, pero fueron años en los que volvió a reavivarse la fe en el progreso universal, la creencia en que la ciencia resolvería cualquier problema, se creyó en la convivencia entre naciones e incluso –que ya es creer- en el multiculturalismo. Bruscamente, todo eso terminó el 11-S de 2001: allí terminaron los 90 y allí concluyó aquel siglo XX que también había empezado antes de tiempo con “Jack el destrtipador”.

Los noventa fueron años diferentes a los anteriores: la cultura (al menos “la alta cultura”) dejó de interesar, en períodos anteriores el consumismo ya había estado presente, pero la población había terminado siendo exigente y, por lo demás, algunos creían que necesitaban un televisor en la cada habitación de la casa para ampliar su cultura, ahora, el rasgo principal de la sociedad –del modelo de sociedad que estaba proporcionando la industria del entertaintment– era la superficialidad y la banalidad, el preocuparse solamente de tres elementos: trabajo-amor-consumo, con la consiguiente incapacidad para distinguir nada más allá y frecuentemente reducidos a dinero-sexo-capricho. El nuevo período histórico que había sustituido a la “Guerra Fría”, estaba marcado por el unilateralismo norteamericano, el mundialismo y la globalización: hacía falta también un nuevo tipo de modelos que presentar en televisión: y así surgieron personajes como los de estas dos series, una consecuencia de la otra, en donde resultaría imposible ver alguna propuesta de comportamiento y de modelo más allá del simplicismo, la trivialidad y frecuentemente la chabacanería, lo insípido y la insignificancia.

Los personajes de Melrose Place, vivirán en un lugar de moda en Los Ángeles, formarán parte de la “beautiful people”, gente guapa de verdad, con posibles, pero todos ellos, sin excepción, comparte el común denominador de lo insignificante. Esta serie iba dirigida a un público joven, pero ligeramente con unos años más que el que había resultado atrapado por Beverly Hills 90210  (Sensación de Vivir). Se trataba de jóvenes que habían terminado sus estudios, gozaban de un nivel de ingresos más que aceptable y se permitían el lujo de vivir en unos apartamentos situados en la famosa avenida de Los Ángeles que lleva el nombre de la serie. La serie nos mostraba las interrelaciones entre ellos, sus problemas laborales y de convivencia, con especial énfasis en las parejas que se iban haciendo y deshaciendo. Todos los protagonistas eran de buen ver, de capacidades interpretativas que oscilaban entre lo modesto y lo aceptable, pero con físicos envidiables. Alguna, incluso, con labios recauchutados en un época en la que está práctica todavía no estaba de moda. La piscina era uno de esos lugares en los que parecía obligado que todo el cuadro de actores pasara en un momento u otro.

La serie fue variando extraordinariamente con el paso del tiempo, casi como si de las esperanzas iniciales puestas en los años 90, se fueran alterando y se percibiera que las cosas no iban bien y que el “mundo feliz” augurado se estaba precipitando hacia una pesadilla, inicialmente nebulosa y que, temporada tras temporada se iba convirtiendo en más concreta. Esto explica el extraordinario número de muertes, accidentes, asesinatos que ocurren a lo largo de esta serie y que solamente tendrían parangón con cualquier episodio de CSI. En segundo lugar, así como en las primeras temporadas, los personajes parecen “sanos” y sin muchas complicaciones, a medida que avanzan las temporadas, ellos mismos se van convirtiendo en individuos retorcidos, tortuoso que, poco a poco, van pasando al “lado oscuro”, en un momento dado aparece la figura de la “mala-malísima” (en este caso “Amanda Woorward”, Heather Locklear, entonces treintona, que apareció a partir de la tercera temporada) y, lentamente, como transmutándose, todos los personajes van adquiriendo tintes sombríos y roles endiablados. El personaje de “Michael” (Thomas Calabro, el único que permaneció fijo en la serie de principio a fin) resume en sí mismo estos tránsitos: de buena persona pasó a ser en apenas unas temporadas una especie de sátiro conspirador. Vanamente buscaríais algún comentario político o social en la serie, pero basta verla como para percibir cómo a medida que avanzaron los 90, del optimismo inicial se pasó a la perplejidad que habría de aumentar el 11-S de 2001.

La serie mereció críticas muy favorables en su época, incluso en España las cadenas se pelearon por emitirla y las revistas especializadas por elogiarla. Los jóvenes, especialmente, pero también las amas de casa que se encandilaban con “Michael” o con “Billy” (Andrew Shue), con “Matt” (Doug Savant) o con “Jake” (Grant Show), permanecieron atrapados a la pantalla absorbiendo quintales de banalidad y recorriendo acres de insipidez. Ellos mismos son hoy los primeros en reconocerlo veinte años después de que vieran los últimos episodios: “¿Cómo pudimos sentirnos satisfechos cuando aparecían los créditos? ¿Cómo podíamos esperar droga el episodio siguiente?”. En realidad, se trataba de una droga: una especie de narcótico que nos impedía la visión de lo que estaba ocurriendo en el mundo al margen de esta serie. Porque el mundo que hoy conocemos, es hijo directo de los 90. Series como ésta y como Beverly Hills 90210  (Sensación de Vivir), fueron el efectivo barbitúrico que nos administraron.