FICHA

Título original: Yes, Minister
Título en España: Sí, ministro
Temporadas: 3 temporadas (22 episodios)
Duración episodio: 30 minutos.
Año: 1980-1984
Temática: Comedia de situación.
Subgénero: Política.
Resumen: Un ministro de relleno en un gabinete inglés, se mueve como un pulpo en un garaje en el desempeño de su profesión, siempre completado, pero también limitado, por su jefe de gabinete y por el secretario técnico del ministerio.
Protagonistas: Paul Eddington, Nigel Hawthorne, Derek Fowlds, Diana Hoddinott, John Nettleton, Neil Fitzwiliam, Arthur Cox, John Savident, John Barro, Richard Vernon, Antony Carrick, Nigel Stock, Tenniel Evans.
Lo mejor: Real como la vida misma y en algunos casos, incluso, premonitoria.
Lo peor
: Que la serie tiene casi cuarenta años y nada ha cambiado
Lo más curioso: Consta que fue la serie preferida de Margaret Tatcher.
¿Cómo verlo?: Fue emitida por TV2 y TV3 (en catalán), puede comprarse en DVD y se puede encontrar a través de programas P2P. En youTube se encuentran algunos episodios en castellano y selección de fragmentos.

Puntuación: 8,5

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Lo mínimo que puede decirse sobre SÍ, MINISTRO

Histórica serie británica de las que se recordarán durante siglos porque pone el dedo en la llaga de la política. El hecho de que Margaret Tatcher fuera una de las admiradoras de esta serie indica que el producto recoge perfectamente las características de la política moderna: amateurismo, impreparación de los ministros, gente que no tiene idea de cómo gestionar un departamento y se encuentra al frente del mismo sin ideas, sin experiencia, sin capacidad de gestión, departamentos que están en manos de los funcionarios profesionales, a los que nadie ha elegido democráticamente pero que son los que controlan realmente sus actividades, inmovilismo e incapacidad para rectifica líneas erróneas que procedan del pasado, sin olvidar a auténticos cretinos situados como claves de bóveda del poder político…. Era un problema en el Reino Unido de los años 80 y sigue siendo un problema, allí y en cualquier otro lugar del mundo: bastan unas elecciones para que tal o cual partido se haga con el poder… y todo siga igual.

La primera mitad de los años 80 estuvo presidida en el Reino Unido por la figura de Margaret Tatcher. Fue discutía hasta que se impuso en las Malvinas, Al otro lado del océano, Ronald Reagan, en su misma órbita, se impuso como vencedor indiscutible de la Guerra Fría. La época del neoliberalismo y la globalización sería incomprensible sin ellos. Esta serie no toda directamente ninguno de los aspectos esenciales de la política británica de aquellos años, pero si alude muy directamente a los aspectos formales: burocratismo, incapacidad para adoptar orientaciones y ritmos nuevos de  trabajo, amateurismo, poder funcionarial, lucha entre las viejas ideas y los nuevos proyectos… Era una crítica, especialmente al funcionariado y a quienes creían que con ganar unas elecciones ya se aplicarían inmediatamente las nuevas políticas. Era, también, una coartada que explicaba por qué las cosas no terminaban nunca de variar: por los burócratas que bloqueaban a los políticos honestos, como el protagonista de la serie, “el ministro James Hacker” (Paul Eddington).

“Hacker” ha sido nombrado para un nuevo ministerio de puro relleno (“Asuntos Amdinistrativos”), pero llega al cargo con voluntad de “reformar la administración”. Y esta, por definición, es irreformable. Por definición y por iniciativa de los propios interesados entre los que se cuenta, en primer lugar y sobre todo, “Humphey Appleby” (Nigel Hawthone), secretario técnico permanente del ministerio, un hombre de la vieja clase funcionarial poco dado a los cambios y al que cualquier pequeña alteración produce vértigos. Un tercer personaje, gris y oportunista, “Bernard Woolley” (Derek Fowlds) que ejerce como secretario privado del primer ministro, se encuentra en una difícil situación entre ambos y frecuentemente intenta nadar y guardar la ropa. Los tres eran suficientemente conocidos en la escena inglesa de los 70-80. De ellos solo sobrevive Fowlds, retirado de la escena.

En cada episodio se produce un inevitable tira y afloja entre las nuevas ideas que el ministro quiere aplicar y los obstáculos que pone “Humphey” a cualquier innovación. La serie destila un humor fino e irónico que no ha perdido actualidad desde su entreno en 1980. En realidad, el único desfase que podía encontrarse es que en aquel momento, laboristas o conservadores, centristas o socialistas, parecían creer en lo que defendían; hoy ningún político tiene “proyecto” más allá de los cuatro años que median entre una y otra elección. Las iniciativas políticas ya no se adoptan en función de programas o de convicciones ideológicas, sino simplemente, por conveniencias de imagen y en función de las encuestas de popularidad. “Humphrey” y “Bernard” han vencido sobre el ministro.

La serie discurre siempre en oficinas, nunca en espacios abiertos, nunca entre masas populares, como indican que ya en 1980 la política se realizaba de espaldas a la población. Sus diálogos tienen mucho de teatro, más que de comedia de situación, aunque ese sea el género al que puede adscribirse. Nos muestra cómo puede desactivarse una medida necesaria pero molesta, como se puede organizar una conspiración para bloquear un proyecto de ley, como la democracia es traicionada en los despachos por la burocracia y como los representantes democráticos, en tanto que amateurs, juegan con desventaja ante los burócratas. Claro está que en aquella época los políticos tenían proyectos. Hoy carecen de ellos y ni siquiera les importa ir a remolque del statu-quo. Tal es la única diferencia: en los últimos 47 años la clase política ha caído en tal nivel de mediocridad que parece increíble que las democracias todavía funcionen.

La serie sí que funciona. Mantiene un ritmo y un interés constante, sin altibajos, sin estridencias. Es una serie serena en donde la carga de ironía se mantiene uniforme dese principio a fin. Vanamente buscaríamos alguna muestra e humor desagradable, sal gruesa o chistes fáciles, todo en ella es fina ironía y humor inglés, envuelto en conversaciones flemáticas y elegantes.

Vale la pena advertir que el doblaje en castellano es bastante deficiente. Esta serie, al igual que La Víbora Negra, tiene una muy deficiente traslación al castellano, por lo que vale más visionarla con subtítulos. Sin embargo, y a pesar de que TV3, suela tener doblajes monótonos y siempre con las mismas voces, la versión catalana de ambas series es muy superior y conviene verla a quienes entiendan la lengua de Pompeu…