FICHA

Título original: Perdóname Señor
Título en España: Perdóname Señor
Temporadas: 1 (8 episodios)
Duración episodio: 30 minutos.
Año: 2017
Temática: Drama.
Subgénero: Tráfico de drogas.
Resumen: Una monja regresa a su tierra natal y se encuentra con que antiguos amigos y familiares se dedican al tráfico de drogas y tratará de detener este comercio ilícito
Protagonistas: Paz Vega, Stay Coppet, Jesús Castro, Estefanía de los Santos, José Manuel Seda, Sandra Collantes, Andrea Duro, Silvia Marty, Pau Cólera, Christian Sáchez, Lucía Guerrero, Mikel Iglesias, Diego Domínguez, Paco Tous, Juan Gea, Enrique Arce, Ruth Gabriel, Antonio de la Torre, Sara Gómez, Paco Manzanedo, Helena Kaitani, Pablo Álvarez, Jaroslaw Bielsky, Vorónica Moral, Luisa Gavasa.
Lo mejor: algunos secundarios hacen un buen papel.
Lo peor
: un asunto realista y candente llevado hasta lo grotesco por culpa de un guión poco elaborado.
Lo curioso: Serie elaborada con “muchas leches”.
¿Cómo verlo?: Se emite por Telecinco.

Puntuación: 7

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Lo mínimo que puede decirse sobre PERDÓNAME SEÑOR

Hay planteamientos iniciales que resultan completamente increíbles. ¿Monjas españolas? Pocas y a título póstumo. Hoy, los conventos de monjas están poblados por monjas filipinas y africanas. Así que pensar que Paz Vega puede pasar como monja es el primer esfuerzo que nos pide Telecinco y que resulta muy costoso de realizar. Segundo esfuerzo: ver nuevamente a actores que en anteriores (y muy próximas) series han demostrado sobradamente sus limitaciones interpretativas, haciendo gala en Perdóname Señor de esas mismas limitaciones y conseguir que nos interesen. Tercer esfuerzo: superar las reservas que el espectador puede tener por las decepciones (y hay muchas cada temporada) que ha tenido que tragar en series similares, con el mismo ritmo narrativo, los mismos diálogos irrelevantes, escenas de acción poco trabajadas, guiones escasamente imaginativos, incoherencias y desarrollos previsibles. Cuarta limitación: ver una serie de este tipo (incluso en la web de Telecinco), interrumpida por tandas de anuncios que hacen difícil concentrarse sin caer en la tentación de darle al mando a distancia o al delete. Si uno consigue superar todas estas prevenciones, habrá que esperar hasta el 12 de julio para valorar en su conjunto esta serie que se inició el 24 de mayo. Lo único que podemos realizar ahora es una primera crítica de “urgencia”.

Pinta mal esta serie, francamente. Es como si, a falta de nuevas ideas, se hubieran combinado distintos elementos de series que tuvieron cierto tirón: el asunto del narcotraficante y sus amoríos ya se vio en Sin tetas no hay paraíso o en el largometraje El Niño (2014); otros elementos remiten directamente El Príncipe, sin la presencia de José Coronado, pero con los mismos amores entre narcotraficantes y policías o hijas de policías. Luego está la influencia tangencial de series como Mar de Plástico, Bajo sospecha, y quizás alguna más.

Lo que, desde luego, no es esta serie es una crónica de los “problemas sociales” de la zona de Barbate y del Estrecho, como se sugirió en la presentación. Si toda la crítica que ofrece esta serie es la incluida en los primeros minutos en donde la Paz Vega (la monja protagonista) explica que los narcotraficantes de a pie son buenas gentes que están en paro y que se ven abocados a participar en un comercio ilícito para sobrevivir, la crítica no puede ser más superficial y facilona. Lo que ocurre es que el tema del narcotráfico está de moda en series televisivas (véase el éxito de Narcos).

Pero no basta con improvisar una serie con un guión facilón, y unos actores que, por un motivo u otro pueden resultar atractivos para cierto público. Situar el tema del tráfico de drogas en el profundo sur de España e interpolar las habituales historias de amor entre personajes que, inicialmente, parecen más alejados. En este caso, el jefe de los narcos, noviete de la monja antes de que ingresara en el convento, o la hija del jefe de la policía judicial y el macho alfa de los narcos jóvenes. Hace falta algo más: actores que transmitan emociones y empatías, por ejemplo. Y aquí están ausentes, salvo en algunos secundarios (Antonio de la Torre, Diego Domínguez, Estefanía de los Santos). Hace falta –especialmente- un guión que contenga una trama razonable y coherente.

Frank Ariza aparece como creador de Perdóname señor: sus antecedentes no son los más recomendables. En el amplio catálogo de despropósitos filmados en España en los últimos años, figuran dos productos suyos de similar factura: Dreamland (emitido en 2014 por La Cuatro, entre Fama y UPA Dance) y Yo quisiera (que vimos en Divinity y que remite a Física o química y a cualquier otra serie “de colegios”). ¿Tanto cuesta elaborar una idea que contenga elementos originales y no refritos de elementos tomados aquí y allí?

Si a actores que no transmiten emociones, con dificultades para hacerse entender, se le suman un sin fin de deja-vus que, ni siquiera en su versión original tuvieron interés ni calidad excesivas, se entenderá que desconfiemos de las posibilidades de Perdóname Señor.

Hay un elemento positivo en todo esto: algunos de los paisajes del Sur que muestra la serie son de una belleza austera e inesperada. Algo que también vimos en La isla mínima (2014), por cierto. Pero tampoco basta con cambiar las marismas del Guadalquivir por los paisajes de Barbate para que una serie tenga personalidad propia.

El primer episodio es de situación, claro está, y todo podría ser que en los episodios restantes vaya a mejorar: que las escenas de acción tengan una mejor fotografía, que aparezcan líneas argumentales más originales que los amores entre personajes extremos, que todo se desarrolle de una manera menos previsible, que algunos intérpretes, a fuerza de repetir aquello de “Butifarrón desbutifarronízate”, mejoren su dicción y que la serie que promete ser más de lo mismo, se aproxime a modelos canónicos realizados en Hollywood o en los países nórdicos (a fin de cuentas, Barbate, no está tan alejado de los escenarios que nos presentan series como Bron/Bröen o The Bridge: es un tránsito entre dos mundos, como el puente internacional que une Dinamarca y Suecia o la frontera entre México y EEUU).