FICHA

Título original: Stalkers who kill
Título en España: Stalkers who kill
Temporadas: 1 (10 episodios).
Duración episodio: 40 minutos.
Año: 2015
Temática: Crimen.
Subgénero: Docudrama.
Resumen: Casos de crímenes reales ocurridos en distintas partes del mundo, habitualmente relacionados con acoso sexual.
Protagonistas: actores ocasionales.
Lo mejor: dar a los actores la capacidad de improvisar su papel.
Lo peor
: no se termina de entender cuál es el criterio de selección de estos diez casos.
Lo curioso: La serie no ha tenido absolutamente ninguna promoción.
¿Cómo verlo?: En Netflix.

Puntuación: 6,5

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Lo mínimo que puede decirse sobre STALKERS WHO KILL

A pesar de que esta miniserie documental compuesta por 10 entregas lleva desde 2015 en Netflix, no habíamos reparado en ella. Y no puede extrañar: en Internet apenas hay rastros de ella, la plataforma no ha realizado ninguna publicidad y parecía uno de tantos productos que se acumulan en su carátula, en la que nunca reparamos. Además, nadie se ha preocupado de insertar un clip en youTube, ni siquiera su productora. Es casi una serie clandestina. Y sin embargo, resulta interesante por su concepto.

No es ni remotamente parecida a Crímenes Imperfectos o cualquier otra de estas series elaboradas en Norteamérica en donde se narra un asesinato y la investigación que sigue hasta dar con el asesino. En realidad, Stalkers who kill (cuya traducción es “acosadores que matan”) es, como su nombre indica, una serie de 10 docudramas basados sobre este tipo de delitos: acoso sexual seguido de asesinato. No se centran en un marco geográfico concreto, sino que atraviesa distintos países (Europa, EEUU, Rusia…) para demostrarnos que “en todas partes cuecen habas” y que el acoso sexual parece una plaga de la modernidad. En realidad, no se trata ni de los crímenes más famosos de esta “especialidad”, ni siquiera de los más truculentos; a pesar de que ignoramos los criterios que han utilizado los guionistas para seleccionar estos crímenes y no otros, puede decirse que son, en cualquier caso, significativos de la mecánica que siempre siguen los verdugos.

El otro elemento conceptual notable de esta serie-documental es que los actores reciben información por parte de criminólogos, patólogos forenses, psicólogos, sobre los casos que deben interpretar. En cada programa aparecen víctima y acosador, representados por actores que han interiorizado a sus respectivos personajes y deben improvisar diálogos sacando a la superficie los sentimientos que experimentan. Se logra así una evidente proximidad: el actor no “interpreta” al asesino, sino que piensa y se expresa como el asesino. Y otro tanto ocurre con la víctima. En algún episodio, el trabajo de interiorización de víctima y verdugo es sorprendentemente brillante. Lo que asistimos es a un mezcla de improvisación teatral y narración de cómo se llegó al crimen después de una larga escalada de acoso. En la introducción a cada episodio se repite: “Los actores son los que revelan las verdaderas emociones en las historias de acosadores que asesinan”. Solo dos actores: víctima y acosador.

En lo que se refiere a los especialistas que comentan los crímenes, muestran una buena capacidad analítica y deductiva, demostrando ser buenos conocedores de los casos que presentan. Si el concepto es innovador en este tipo de docudramas, la realización es, así mismo, correcta. La narración no cansa, es dinámica, con cambios continuos de planos y de testimonios. La serie está compuesta por diez casos de acoso sexual que terminaron en asesinato, no solamente entre heterosexuales, sino también aparece el caso de un pedófilo.

A diferencia de las series norteamericanas de este tipo, Stalkers who kill, pone especial énfasis en “entender” los motivos del acosador. Hay varios casos de inmigrantes cuyos crímenes son impulsados por la incomprensión de la cultura de acogida y por interpretar de manera errónea gestos deparados por mujeres autóctonas. La serie, obviamente, no “justifica” ninguno de estos crímenes, pero realiza un esfuerzo para “entenderlos” sin disminuir su gravedad.

Una serie, en principio discreta, colocada por Netflix como mero relleno para su streamming, pero que merece verse con calma en la medida en que define perfectamente los diversos “patrones” del acoso sexual. El productor de la serie es Gill Carter y el director Ged Alexander. La serie ha sido producía por Firstlook TV & DCD Rights Ltd.