FICHA

Título original: House of cards
Título en España: House of cards
Temporadas: 5 (52 episodios).
Duración episodio: 60 minutos.
Año: 2013-hoy
Temática: Drama.
Subgénero: Política.
Resumen: Frank Underwood, congresista de los EEUU, un perfecto impresentable con rasgos de psicópata, logra mejorar sus posiciones y encaramarse en la cúspide del poder hasta conseguir ser presidente de su país. Las serie nos narra su portentosa y miserable aventura personal.
Protagonistas: Kevin Spacey, Robin Wright, Michael Kelly, Kate Mara, Molly Parker, Mahershala Ali, Corey Stoll, Michael Gill, Derek Cecil, Rachel Brosnahan, Elizabeth Marvl, Reg E. Cathey, Sakina Jaffrey, Kristen Connolly, Sebastian Arcelus, Boris McGiver, Constance Zimmer, Jayne Atkinson, Paul Sparks, Dan Ziskie, Elizabeth Norment, Reed Birney, Kevin Kilner, Francie Swift, Karl Kenzler, Chuck Cooper, Maryann Plunkett, Chance Kelly, Sandrine Holt, Gerald McRaney, David Andrews, Joanna Going, Kim Dickens, Jimmi Simpson, Mozhan Marnò, Joel Kinnaman.
Lo mejor: recordarnos que los “amos del mundo” son psicópatas o poco menos
Lo peor
: que en España no se tenga el valor de realizar una serie sobe el mismo tema.
Lo curioso: la serie norteamericana vino después de la inglesa y la danesa.
¿Cómo verlo?: En Netflix

Puntuación: 8

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Lo mínimo que puede decirse sobre HOUSE OF CARDS

No es una idea original. En realidad, llegó tarde a los EEUU, pero su repercusión está siendo, indudablemente, mayor de la que tuvieron las muy pulcras versiones inglesa (Castillo de Naipes, 1990-1993) y danesa (Borgen). Ciertamente, en los EEUU ya se había tocado el tema de la alta política en series como El ala oeste de la Casa Blanca (1999-2006), pero nunca desde un punto de vista tan absolutamente descarnado. Porque la presidencia de los EEUU no sale precisamente favorecida en este retrato, ni las cámaras de representantes y todo lo que se mueve en torno a ellas nos es mostrado como el mejor de los mundos.

Seamos claros: si esta es la imagen que tienen los norteamericanos de sus organismos de poder, es que el país está atravesando una profunda crisis de confianza. De hecho, así es y esta serie solamente llegó en el momento en el que opinión pública cuestionaba si Barak Obama era el “gran presidente” que el país estaba esperando y al que había votado o si era otro más, tan preocupado por defender los intereses de los grupos de poder que lo habían colocado en la presidencia y a los que, tanto él, como sus precedentes sirvieron con fidelidad perruna durante su estancia en la Casa Blanca. Ni siquiera el color de su piel había logrado hacer del período Obama algo diferente. El “desencanto” (que ha había recorrido España a mediados de los años 80 cuando se descubrió que el gobierno socialista no era ninguna ganga) tardó en llegar a los EEUU, pero finalmente, terminó instalándose en la sociedad: el hecho de que Obama fuera sucedido por un outsider como Trump, o que aparecieran series como ésta, indican un estado de ánimo. Siempre, en los EEUU quedaba una esperanza: algo que no se hubiera experimentado antes. JFK fue el primer presidente católico, Jhonson era un tejano simpático, Nixon llegó para solucionar el entuerto de Vietnam, Gerald Ford parecía un tipo honesto, Carter era un liberal buenista, Reagan la “gran esperanza blanca”, Bush (padre) tenía un sólido conocimiento de los problemas políticos, Clinton quiso presentarse como el nuevo JFK, Bush (hijo) el tipo enérgico que requería la situación, Obama el JFK negro… todos, absolutamente todos, fracasaron y dejaron un regusto amargo en la sociedad. En 2013 cuando la “era Obama” estaba en su segundo tramo, era evidente que ya estaban agotadas todas las variedades taxonómicas posibles para ocupar la presidencia. Trump, entonces no se insinuaba todavía como “gran timonel”. El tiempo para una serie que introducía grandes dudas sobre la moralidad e idoneidad de los altos cargos de la nación, había llegado. De ahí que la serie, creada originariamente en el Reino Unido, tardara veinte años en cruzar el charco.

La serie nos cuenta la portentosa escalada de un congresista que tiene todas, absolutamente todas las características del psicópata integrado: encanto superficial, falta absoluta de empatía, carencia completa de escrúpulos, creencia de que todo lo que no satisface sus intereses no tiene interés, absoluta indiferencia hacia el daño que pueda causar a otros, capacidad para mentir como la cosa más natural del mundo… Ese es Frank Underwood. Y esa es también, en el fondo, su esposa Claire (Robin Wright), sin la cual su escalada, de representante de Carolina del Sur a presidente de los EEUU, hubiera sido imposible.

La serie llama la atención desde su misma cabecera: tanto la introducción como la música que acompaña a los créditos iniciales son depuradas y antológicas. El guión, las interpretaciones y la fotografía magistrales y el ritmo narrativo raramente decaen. En algunos momentos, eso sí, la serie parece exagerada o excesivamente imaginativa, pero esta impresión se pierde por el atractivo que destila todo el conjunto. Además, a lo largo de las cinco temporadas filmadas, el interés se ha mantenido y la regularidad ha acompañado a las situaciones.

Los dos protagonistas indiscutibles, Kevin Spacey y Robin Wright, iluminan con sus intervenciones magistrales incluso los momentos más sórdidos de la serie (que son muchos). Sus trabajos interpretativos son insuperables y se ven secundados por personajes secundarios que apuntalan sus actuaciones (Michael Kelly, al que luego hemos vuelto a ver en un papel y en una época completamente diferente en Taboo, o Kame Mara una de las actrices más “asesinaditas” de Hollywood, el veterano Gerald McRaney o la mas que sugerente Molly Parker). Spacey ha sabido dar energía y nervio al personaje (inolvidables sus dos golpes sobre la madera cuando exige actividad a su entorno) y Robin Wright no se ha limitado a ser “la esposa del protagonista” sino que ha impreso un ritmo propio a su protagonista. En ocasiones, cuando comparamos series norteamericanas con series españolas, no advertimos que el segundo rubro mejor pagado y más numeroso después del de los actores y los productores, es el de los guionistas. Es un ejemplo que nos da la televisión norteamericana: paga bien a los guionistas, no utilices a becarios, exígeles productos de calidad, no les des respiros mientras el producto no esté limado, perfeccionado y sublimado y si demuestran su calidad, cuenta con ellos para el siguiente proyecto. De lo contrario, siempre tendrán un puesto en una hamburguesería, en un lavacoches o como reponedores en cualquier Wallmart. Aquí, en cambio, tenemos guionistas de pocas luces, que acumulan fracaso tras fracaso y que siguen siendo requeridos. Y el guión, no lo olvidemos, supone quizás más del 50% del éxito de una serie.

Una serie para ver y para meditar sobre lo que es “el poder” y el ganado que ocupa las altas esferas.