FICHA

Título original: Las chicas del cable
Título en España: Las chicas del cable
Temporadas: 2 (16 episodios).
Duración episodio: 50 minutos.
Año: 2017
Temática: Vampiros.
Subgénero: Terror juvenil.
Resumen: Un grupo de chicas de distintos orígenes empiezan a trabajar en la Compañía Telefónica. Cada una de ellas tendrá problemas familiares y románticos.
Protagonistas: Blanca Suárez, Maggie Civantos, Ana Fernández, Nadia de Santiago, Ana Polvorosa, Yon González, Martiño Rivas, Nico Romero, Borja Luna, Sergio Mur, Concha Velasco, Iria del Río.
Lo mejor: la cabecera y la ambientación.
Lo peor
: todo lo demás.
Lo curioso: la primera serie de Netflix producida en España
¿Cómo verlo?: En Netflix.

Puntuación: 4

PROMO

CABECERA

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Lo mínimo que puede decirse sobre LAS CHICAS DEL CABLE

Literalmente nos hemos quedado atónitos cuando después de meses de esperar esta serie que venía avalada por Netflix hemos visto su contenido. Hay que decir que somos de los que hemos apoyado a este gigante del streamming y, en cualquier país en el que hayamos residido, nos hemos dado de alta poco después de que nos sellaran el pasaporte. Fuimos de los primeros abonados cuando la plataforma se estrenó en España. El hecho de que House of Cards, Better Call Saul, Daredevil, Stranger Things, Dirk Gently’s, Sucesor Designado, y otras muchas series hayan sido producidas por Netflix, dice mucho sobre esta iniciativa.

Dicho lo cual cabría terminar esta crítica de Las chicas del cable en apenas unas líneas: es reiterativa en relación a productos ya vistos, el guión es plano, hecho por becarios poco avezados, con errores magistrales, absolutamente previsible, parte de bases falsas, las interpretaciones flojas y, en cualquier caso, ignorantes de la época, fotografía plana, rutinaria, la selección musical es, simplemente, de juzgado de guardia, la serie se hace cuesta arriba plagada de diálogos irrelevantes y los únicos elementos que cabría elogiar son la cabecera (original) y la ambientación (con algún matiz: aquello era el Madrid de 1928, no la Nueva York del Gran Gatsby). Y aquí deberíamos terminar, no sin antes desaconsejar que alguien perdiera unas horas de su vida viendo esta serie como tenemos la sensación de haber perdido nosotros.

Hay, en todo esto una primera sensación de negación (¿cómo diablos Netflix se habrá comprometido en algo así? Una cosa es distribuir algunas mediocridades en su catálogo –de todo tienen que haber- y otra producir algo que, en sí mismo, es menos que mediocre. Pero, a fuerza de meditar sobre lo que hemos visto, finalmente hemos llegado a algunas conclusiones que vale la pena transmitir.

Los sondeos de audiencia de las televisiones generalistas son aproximativos: se tiene el share y, a partir de éste, se realizan encuestas telefónicas para conocer a los grupos sociales que han visto tal o cual serie y su opinión. Es complicado y costoso, siempre hay que trabajar con muestras pequeñas y no hay garantía (como en los sondeos electorales) de que la fotografía realizada coincida con el paisaje real. Sin embargo, en una plataforma de streamming todo es mucho más simple: se sabe lo que el público ve, quién lo ve, el número de los que lo ven, el género, la valoración, el usuario de estos servicios hace un retrato de sí mismo a través de lo que va seleccionando día a día. Y para conocer los resultados globales los directivos no tienen nada más que apretar una tecla en su panel de mando… Una plataforma de streamming que produce productos propios, no hace “buenos” o “malos” productos: sino productos orientados para que se adapten como un guante a determinados ambientes y gustos.

No nos creemos que los directivos de Netflix hayan permitido la aberración de colocar piezas de tecno-pop e incluso hip-hop como sempiternos acompañantes de las escenas de Las chicas del cable a pesar de que la época en la que está ambientada la trama (el Madrid de 1928) ya había llegado el swing, el jazz, el blues, el chárleston y la zarzuela, las tonadilleras y la copla, eran los ritmos de la época. En lugar de eso, la selección musical que acompaña a Las chicas del cable y que podemos calificar simplemente de infame, no tiende a situarnos en aquellos años, sino a algo más fácil: a ganar espectadores habituados al tecno-pop.

Lo mismo ocurre con algunos datos históricos que se sitúan en la base de la historia. La protagonista es falsamente acusada por un policía corrupto del crimen que abre la primera escena de la serie y le chantajea amenazándole con el garrote vil, en una época en la que hubiera podido demostrar fácilmente su inocencia porque la policía ya utilizaba las huellas digitales para identificar a los asesinatos. Por no hablar del monumental error de considerar a la Compañía Telefónica Nacional de España como una empresa familiar con propietario y heredero, cuando desde su fundación fue una sociedad anónima participada mayoritariamente por la multinacional norteamericana ATT, sin olvidar que el edificio de la telefónica de la Gran Vía (entonces Conde de Peñalver) en 1928 estaba todavía en construcción y no se terminaría hasta dos años después. Hubieran podido haber “chicas del cable” en cualquier empresa familiar de aquella época (en el diario ABC por ejemplo o en los grandes almacenes que en aquellos momentos irrumpían en España), pero no en la Telefónica.

Si despojamos a la serie del encuadre histórico (el Madrid de 1928) y laboral (la Telefónica), lo que nos queda es una simple, rutinaria y reiterativa historieta romántica como se han proyectado tantas y tantas y que siempre resulta ser la misma: amores difíciles, arrebatados, buen@s muy buen@s, enamorad@s de personajes malísim@s… Poco más. Pues bien: esto es lo que Netflix, a la vista de sus cuadros estadísticos de seguimiento de las preferencias de sus abonados ha visto que “gusta” en España. En televisión como en política, tenemos lo que nos merecemos. Si se han emitido culebrones mediocres o simplemente malos que han sido aceptados por el público, es que “gustan” a “los españoles”. Por tanto eso es lo que elaborar y programar porque siempre tendrá una clientela segura.

Lo peor de todo: que esta serie se haya promocionado como defensora del “de la libertad de la mujer”, esto es, del feminismo más acrisolado. Es como si se dijera que The Big Bang Theory es una serie “científica”. Obviamente, si Netflix en su dossier de prensa realizó tal sugerencia fue para que la “crítica inteligente” la aceptara mejor: ¿quién puede criticar al feminismo? Pero, era evidente que los actores ni siquiera eran conscientes de esa orientación de la cadena y que en la promoción que han realizado nunca han insistido en esa temática, simplemente, porque no existe. Era una forma de acallar las voces críticas que podrían venir de la izquierda política. En realidad, no hay referencias al feminismo y, lo que es peor, se manejan los tópicos habituales sobre la situación subordinada de la mujer.

No creemos que valga la pena aludir a las interpretaciones. Son irrelevantes. En ocasiones planas, en otras sobreactuadas, pero tienen una característica, utilizar algunos rostros de moda de los que han gustado a cierto público en anteriores series. El casting no se ha hecho en función de sus calidades interpretativas sino de la popularidad que gozan ante determinado público. El resultado es una serie de nulo interés, un dejá vu que remite especialmente a Velvet.

Así está España: el hundimiento del nivel cultural hace que hoy ya no puedan hacerse series como Cañas y Barro, los Estudios 1, ni siquiera como Películas para no dormir o La huella del crimen,  no podrían ser ya entendidos sino considerados un tostón, y series críticas pero entretenidas como las que escribió, presentó y produjo Adolfo Marsillach, carecerían de público. En su lugar tenemos el mismo culebrón romántico presentado en distintas épocas y con distintos atrezzos y vestuario. No podemos reprochar a Netflix esta serie, a fin de cuenta da lo que le piden la mayoría de abonados y si hay un responsable e todo esto, son aquellos que han pulverizado la enseñanza en España, han hurtado a nuestro pueblo incluso la más mínima muestra de espíritu crítico y, en consecuencia, han erradicado la calidad y el rigor de nuestras pantallas.

Para colmo, España fue arrojada en 1986 a la periferia de Europa y desde entonces ha aceptado este lugar, incluso en producción televisiva. Países mucho más pequeños como Dinamarca, Noruega o Suecia, no se resignan a servir productos románticos y planos sino que están realizando series mucho más interesantes que las producidas hoy en España. Países de tamaño medio como Polonia están, igualmente, espabilando en este terreno. Las cinematografías iberoamericanas (especialmente la mexicana y la argentina) están pisando el acelerador. ¿Y en España? ¿qué pasa aquí que solamente se es capaz de alumbrar series sin originalidad ni pulso, verdaderos abortos propios de principiantes? Pues pasa que España se ha convertido en factoría de productos de baja calidad para públicos de poco exigentes. Eso es todo. Esto es “la periferia”, sin ambiciones, ni ilusiones.

Esto es lo que me han enseñado Las chicas del cable.