FICHA

Título original: Dear White People
Título en España: Queridos blancos
Temporadas: 1 (10 episodios).
Duración episodio: 30 minutos.
Año: 2017
Temática: Racismo.
Subgénero: Jóvenes universitarios.
Resumen: Estudiantes negros en una prestigiosa universidad que hasta hace poco ha sido sólo para blancos, realizan un provocativo programa de radio y mantienen polémicas entre ellos y con blancos, sobre el racismo
Protagonistas: Antoinette Robertson, Brandon P Bell, Logan Browning, John Patrick Amedori, Wyatt Nash, Marque Richardson, Jeremy Tardy, Ashley Blaine Featherson,Caitlin Carver, Obba Babatundé, Nia Jervier, John Paul Jones II, Erich Lane, Jemar Michael, Jeffrey Larson, Alex Alcheh
Lo mejor: cada episodio se prolonga sólo media hora.
Lo peor
: la banalidad y subjetividad a la que se reduce el problema del racismo
Lo curioso: En EEUU esta serie generó una campaña de boicot contra Netflix que tuvo inmediatamente el soporte de 250.000 “no me gustó” en youTube en las 24 horas siguientes al lanzamiento.
¿Cómo verlo?: En Netflix

Puntuación: 4,5

PROMO (en inglés: 4.911,795 visitas, 57.420 positivas, 420.801 negativas)

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Lo mínimo que puede decirse sobre QUERIDOS BLANCOS

Netflix se ha olvidado que estamos en Europa y que aquí no tenemos los mismos problemas (de momento) que en los EEUU. En apenas dos días ha estrenado dos productos antirracistas: un espectáculo sobre Rodney King, aquel personaje que saltó  a la fama por haber sido agredido por varios agentes de policía tras una persecución cuando estaba en libertad condicional por robo en 1991 y, una serie de 10 entregas titulada Queridos blancos que en EEUU ha causado una “gran polémica” (eufemismo tras el cual se quiere decir “gran hostilidad”). Netflix lleva menos de dos años instalado en España, cubriendo el hueco dejado por las televisiones generalistas y ofreciendo programación a la carta para todos aquellos que, simplemente, nos negamos a ver publicidad. Pero Netflix, empresa de capital norteamericano, olvida que estamos en España y que aquí los problemas son muy diferentes. Por otra parte, las lecciones de moralidad y de tolerancia que pueden impartirse en Europa son completamente diferentes a las que convienen en EEUU. Estos dos productos que contemplamos tienen que ver con un problema que se da en Europa en términos muy distintos.

Los negros norteamericanos atribuyen su situación de postración y pobreza, al haber sido secuestrados y enviados como esclavos a aquel país. A partir de los años 60, la lucha contra la discriminación racial se instaló en la legislación norteamericana. Hoy existen impedimentos legales para discriminar a alguien por su raza. Pero nunca como hoy la comunidad blanca y la comunidad negra han estado separadas por un muro tan grueso. Hoy, los chicos blancos oyen rock y country y los negros hip-hop y reagge. A ningún negro se le ocurre ir a un concierto de country ni a ningún blanco asistir a un festival de hip-hop.  Y esto es así: cabría decir aquello de que Dios los crea y ellos se juntan o aquello otro de que “lo semejante se una a lo semejante”. No es racismo: son afinidades selectivas. Y esto es lo que hay. Así que, desde este punto de vista, las leyes de integración racial no han conducido a una sociedad mestiza como temían los racistas blancos, sino a una sociedad estratificada racialmente.

En Europa no se ha producido este fenómeno. No ha habido ningún Rodney King, ni la mayor tasa de mortalidad de los jóvenes negros residentes en Europa es la muerte por disparos como en EEUU, ni los negros residentes aquí tienen una tasa superior de muertes por balas policiales a la de los autóctonos, ni, a fin de cuentas, los negros han sido secuestrados y traídos contra su voluntad a Europa. Por tanto, series que pretenden darnos lecciones de anti-racismo y que procedan de los EEUU están fuera de lugar, porque aquí los parámetros de la ecuación son completamente diferentes.

Ya desde series simpáticas como Cosas de Casa (1989-1997), El príncipe de Bel Air, o La hora de Bill Cosby (1984-1992) o las películas de Eddy Murphy, querían convencer por la vía del humor de la existencia de una clase media negra que, efectivamente, existía pero como excepción, porque la norma seguía siendo el gueto y la marginalidad para una parte sustancial de la sociedad negro-norteamericana. Aquellas series no tenían “al negro de la película” (figura obligada por la legislación integracionista) sino que estaban íntegramente interpretadas por negros y solamente fuera de los EEUU fueron vistas por blancos. De hecho, aquellas series eran el indicativo de que se había producido una estratificación racial y que las distintas comunidades étnicas llevaban cursos separados. Porque paralelamente a estas series ochenteras y noventeras que hemos citado, existían otras en las que no se ponía “sólo para blancos”, pero así era y, en vanguardia, las comedias de situación de mayor seguimiento: Cheers, Frasier, Friends, Dos hombres y medio, Parker Lewis nunca pierde y así hasta llegar a Big-Bang-Theory, a lo largo de las cuales no apareció ningún actor afroamericano salvo en papeles muy secundarios y solo ocasionalmente.

Todo viene a cuento de esta serie, Queridos Blancos, en donde se insiste de nuevo en la existencia de una clase media negra y se hace utilizando un humor de sal gruesa, giros que pueden ser considerados racistas antiblancos y cuya problemática gira en torno al racismo… Después de los treinta primeros minutos lo que hemos visto nos ha parecido llegado de otro planeta y de imposible traslación a España. Nos preguntamos, eso sí, quien es el responsable de seleccionar contenidos para Netflix España: nos ha arrojado un producto que trata sobre un problema inexistente en España, vendiéndonos la idea de que el negro en EEUU ha alcanzado la plena integración pero tiene pendiente un “ajuste de cuentas” con la sociedad blanca.

De todas formas, una serie merece ser considerada por otros criterios y no solamente por el mensaje que quiere transmitir. Pero si descendemos a ese terreno lo que nos encontramos es todavía más desolador: la serie es banal de principio a fin, el argumento carece de solidez, con gags poco efectivos y un pretendido intelectualismo para evitar ser catalogada como lo que es: una serie de universidades americanas con las consabidas escenas de cama y los tópicos recurrentes en este tipo de subproductos. Si exceptuamos la problemática racial, deliberadamente provocativa en todas direcciones, lo que nos queda es una triste y pobre serie “de universidades”, con intérpretes low-cost, guionistas de ocasión y directores que, o bien hace poco han superado su estado de becarios, o bien demuestran no creer en el producto que están realizando. Uno de ellos, por cierto, dirigió algunos episodios de Silicon Valley, en donde, por cierto, ninguno de los protagonistas era afroamericano.

Serie especialmente pensaba para consumidores habituales de series sobre highs schools y universidades, preferentemente empanados por un porro después de un atracón de pizza.