FICHA

Título original: Un mito llamado…
Título en España: Un mito llamado…
Temporadas: 1 (14 episodios).
Duración episodio: 45 minutos.
Año: 1979
Temática: Drama.
Subgénero: Clásico.
Resumen: Traslación y revisión en la época actual de mitos clásicos.
Protagonistas: Nuria Torray, Modesto Blanch, Alfonso del Real, Angel Picazo, Mari Carmen Prendes, Queta Claver, Andrés Mejuto, José nieto, Luis Prendes, Alberto Mendoza, Tony Isbert, Fernando Sánchez Polack, Paquita Rico, Andrés Resin, Manuel Gallard, Víctor Valverde, Lola Lemos, Toás Blanco, María Kosty, Joaquín Kremel
Lo mejor: Interpretación espléndida de Nuria Torray .
Lo peor
: Que no se haya incorporado en Televisión a la Carta de RTVE.
¿Cómo verlo?: En YouTube se encuentran casi un centenar de episodios en inglés.

Puntuación: 7,5

CABECERA Y MÚSICA

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Lo mínimo que puede decirse sobre UN MITO LLAMADO…

Hay series de las que resulta lamentable que no se encuentren rastros ni en el archivo de TVE a la Carta, ni en YouTube, a pesar de haber dejado un recuerdo indeleble en la audiencia. Tal es el caso de Un mito llamado… La serie, fue producida y emitida por TVE en plena transición, en uno de los momentos más duros, cuando cada día, al levantarnos, no sabíamos que nueva noticia leeríamos en los diarios (aún se leía y se confiaba en los diarios) pero podíamos estar seguros de que sería traumática. La serie se estrenó a principios de enero de 1979. El hecho de que estuviera escrita, dirigida y producida por Juan Guerrero Zamora (1927-2002) era toda una garantía, como también lo era el hecho de que la protagonista, Nuria Torray (1934-2004), fuera su segunda esposa. Por mucho favoritismo que hubiera, era rigurosamente cierto, que se trataba de una gran actriz especializada en teatro clásico que siguió en activo hasta el año antes de morir.

La serie giraba en torno “a personajes, hechos históricos o conceptos que, en alguna forma, habían entrado en la mitología”, tal fue la definición que dio de ella su creador en el ABC. De lo que se trataba era, en primer lugar, de revisar los mitos clásicos y, en segundo lugar, de actualizarlos, insertándolos todos en la España de finales de los 70. La idea era brillante, como brillante fue también la ejecución. Los mitos analizados eran, preferentemente, clásicos: Medea, Gea, Electra, Fedra, Antígona, Alcestes, Ifigenia, pero también tenían que ver con nuestro país (Dulcinea, Numancia) o con temas generales (el Tiempo). En realidad, si los mitos clásicos han soportado el paso del tiempo y permitido jeux d’esprit como éste que planteaba Guerrero Zamora, se debe a que son universales y, en tanto que tales, adaptados a cualquier época.

Hoy ya no sería posible realizar nada por el estilo: en aquel momento, el espectador media sabía quién era Ifigenia o Dulcinea… poco antes, en Estudio 1, las tragedias griegas o las traslaciones de novelas clásicas españolas al formato televisivo, se lo habían recordado, aparte de aquel bachillerato de los años 50-70, que daba una razonable base cultural a quien aprobaba las reválidas. Hoy esos mismos mitos ya no dicen nada a la inmensa mayoría de la población, ni siquiera a los directivos de las televisiones embarcados en una loca carrera por hacer descender cada vez más la calidad cultural de los productos emitidos a fin de ponerlos al nivel de una audiencia muy poco exigente.

La serie tuvo catorce episodios y recogió buenas críticas. Obviamente era ocioso medirlo en términos de “share”… solamente existía una televisión. Pero de aquellos catorce episodios nos quedó –a quienes tuvimos la fortuna de verlos- el recuerdo de un cuadro de actores excelente al servicio de una idea original y de una realización sencilla pero eficiente desde el punto de vista narrativo. ¿Lo más sorprendente? Que en su conjunto, la serie costó cien millones de pesetas. A pesar de no exportarse, se amortizó con creces.

Somos de los que creemos que la función de un medio de comunicación es “formar, informar y entretener”. Esta serie cumplía al menos con dos de las tres funciones: formar y entretener. Tiempos aquellos en los que no existía siquiera el odioso término “telebasura”.