FICHA

Título original: Crónicas de un pueblo.
Título en España: Crónicas de un pueblo.
Temporadas: 4 (112 episodios).
Duración episodio: 50 minutos.
Año: 1971-1974
Temática: Comedia.
Subgénero: Humor.
Resumen: La vida en un pequeño pueblo vista a través de sus personajes más representativos y mostrando situaciones muy verosímiles tratadas con humor y cariño
Actores principales: Emilio Rodríguez, Francisco Vidal, Fernando Cebrián, Jesús Guzmán, Antonio P. Costafreda, María Nevado, Rafael Hernández.
Lo mejor: fotografía de la vida española en las comunidades rurales.
Lo peor
: excesivamente “positiva” y tierna hasta lo bobalicón.
¿Cómo verlo?: Emitida por TVE, puede verse en el enlace que indicamos.

Puntuación: 7,5

CABECERA Y MÚSICA DE LA SERIE

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Lo mínimo que puede decirse sobre CRÓNICAS DE UN PUEBLO

Puebla Nueva del Rey Sancho no existe en los mapas, pero si existió a principios de los años 70 en el imaginario colectivo de los españoles. Era el pueblo en donde se desarrollaba la trama de esta serie en la que Antonio Mercero se estreno como director televisivo. A partir de entonces, Mercero insistiría siempre en el mismo mensaje positivo y en combinar humor y ternura en las situaciones y en los personajes. Crónicas de un pueblo fue, durante cuatro temporadas, uno de los “productos estrella” producidos en España que debieron competir con series llegadas en aluvión de EEUU: El Virginiano, La Ley del Revólver, Embrujada, Hawai 5-0, Ironside, Bonanza, Mannix, etc, etc. Y, a pesar de que el estilo de Crónicas de un pueblo, era, lo que se suele conocer como casposo y que, sería mucho más justo definir como carpetovetónico, lo cierto es que la serie resultó entretenida, atrajo al público y se consolidó como una de las grandes ofertas de la única televisión de la época.

En los años 60 una tupida red de teleclubs había cubierto la geografía nacional. Se trataba de asociaciones que disponían de un pequeño local, habitualmente pagado por el Ayuntamiento y en el que el Ministerio de Información y turismo había regalado un monitor de televisión. Apenas tenían 30-40 pulgadas, en blanco y negro, pero estaban situados en un lugar privilegiado, antes mesas y una pequeña barra de bar. Eran los tiempos en donde no todo el mundo tenía televisión y era preciso verla junto a otros. No había mando a distancia ni discusión por los programas a ver: de hecho solamente existía un único canal. Los teleclubs formaron parte de nuestra historia cultural y comunitaria en los años 60 y en los primeros 70. Cuando se dice que eran organismos de control del régimen es posible que sea cierto, pero no es menos cierto que cumplieron una función social y, sobre todo, tuvieron una importancia cultural en un momento en el que existía mucha más capacidad crítica que en nuestros días.

Los  teleclubs cubrían la España rural y su audiencia podía ser cuantificada en algunos millones de espectadores. Además, muchos de los españoles que vivían en las grandes ciudades hacía poco que se habían trasladado a ellas abandonando pequeños pueblos como Puebla Nueva del Rey Sancho. Tenían nostalgia de aquella España que habían dejado atrás. Para unos y para otros, esta serie representó mucho: sus raíces, sus ilusiones, el lugar al que algún día volverían como triunfadores, las gentes que ellos habían conocido, el estilo de vida, incluso los valores.

Era una España simple, rural, en la que en cada pueblo, las “fuerzas vivas” estaban compuestas por el alcalde, el cura, el sargento de la Guardia Civil y el maestro de escuela. Pero también había otros puestos dignos de mención: el conductor de autobús que los relacionaba con el mundo exterior, la boticaria, el alguacil, el cartero que les traía las noticias. Y niños… España aprendió a llamarlos a todos por su nombre: “Braulio el cartero”, “Tomás, el cabo de los tricornios”, “Don Marcelino, el cura”, “Don Pedro, el alcalde”, “Dionisio, el autobusero”. Aún hoy, los actores que los encarnaron y que han sobrevivido al paso del tiempo, siguen siendo reconocidos por los papeles que interpretaron en aquella comedia rural.

La serie nos mostraba la vida y los problemas que aparecían en los pueblos de unos pocos cientos de habitantes. La serie era ingenua,  pero no ñoña, “positiva” pero no excesivamente edulcorada, los personajes tenían claro que vivían en una comunidad, se ayudaban unos a otros cuando tocada y también rivalizaban y mantenían sus trifulcas. Llegaban noticias del exterior y siempre había quien estaba más predispuesto a adoptar las modas o lo que consideraba como innovador. Y luego estaban los detractores de unos y los apoyos de los otros. Todos los problemas se solucionaban sin rencor y sin violencia. De hecho, yo quería vivir en un pueblo así cuando me jubilara.

La serie se había rodado en las inmediaciones de Madrid, en un pueblo llamado Santorcaz, situado en la frontera con Guadalajara que entonces apenas alcanzaba los 1.000 habitantes y que hoy tiene algo menos. Era el típico pueblo castellano que hoy muestra sus paredes remozadas, sus calles perfectamente asfaltadas y bastantes chalés nuevos. Si tal era el escenario, cabe decir que los actores protagonistas no eran excesivamente conocidos ni se habían prodigado en televisión. Mercero los eligió precisamente porque eran rostros anónimos que no se identificaban con precedentes papeles televisivos sino que debían responder a las características de los equivalentes a sus roles en cualquier pueblo de menos de 5.000 habitantes. Y lo logró. La serie enganchó a la audiencia, no solo en las zonas rurales, sino también en la audiencia que residía en las grandes ciudades.

Fue una serie de éxito sobre una España rural que ya se parece muy poco a la de ahora. En sí misma, la serie puede ser considerada como un estudio socio-psicológico sobre la vida en una pequeña comunidad en la España de principios de los años 70. A diferencia de Bienvenido Mister Marshall (1953), no se trataba de una ácida, sino completamente blanca. El tiempo no ha pasado en balde para ella. Pero quizás valga la pena verla para aprender cómo éramos.