FICHA

Titulo original: Manos a la obra.
Título en España: Manos a la oba.
Temporadas: 7 (130 episodios).
Duración episodio: 60 minutos.
Año: 1998-2001
Temática: Humor
Subgénero: Comedia
Resumen: Dos albañiles chapuceros presentados como arquetipo de la profesión en la época del ladrillazo se ven envueltos en interminables peripecias y fracasos profesionales.
Actores principales: Ángel de Andrés López, Carlos Iglesias, Carmen Rossi, Loles León, Nuria González, Fernando Cayo, Silvia Marsó, Jesús Vázquez, Kim Manning, Jorge Calvo, Evaristo Calvo, Silvia Espigado, Miriam Benoit, Pilar Alcón.
Lo mejor: 
Todos los personajes tenían alguna muletilla que les caracterizaba
Lo peor
: Carlos Iglesias completamente desaprovechado.
¿Cómo verlo?: Emitida por Antena 3, puede verse en el enlace que ofrecemos.

Puntuación: 6

CABECERA DE LA SERIE

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Lo mínimo que puede decirse sobre MANOS A LA OBRA

La serie tuvo una extraordinaria fama en los últimos años del siglo XX y los primeros del nuevo milenio. Retrataba a dos albañiles, uno cuarentón y que, más o menos, conocía la profesión (“Manolo Jumilla Pandero” – Ángel de Andrés) y otro algo más joven con pocas ganas de trabajar y un completo inepto desde el punto de vista profesional (“Benito Lopera Perrote” – Carlos Iglesias). Son “Manolo y Benito”, socios de una empresa de reformas. No es por casualidad que la serie apareciera en los años en los que la economía española se basaba en “el ladrillo”.

La serie indudablemente habría tenido otra suerte completamente diferente de haberse emitido en otra época. Pero a partir de 1996, el presidente José María Aznar basó la expansión económica en algo tan clásico como el sector de la construcción. El principio era que: “el motor de la construcción arrastra la economía”. Y eso era cierto en el período desarrollista (años 60), pero solamente cuando se apoya en otros sectores económicos. En 1996 habíamos entrado en lo que se llamó “la economía e la Tercera Ola”, basada en sectores tecnológicos de alto valor añadido. Claro está que la UE había determinado unos años –durante el felipismo- que España pertenecía a la “periferia” de la UE. Así pues el sector inmobiliario avanzó en solitario, mientras otros sectores se deslocalizaban. Era evidente que no se podía poner eternamente ladrillo sobre ladrillo, pero en 1998, cuando irrumpió esta serie faltaban trabajadores en el sector de la construcción y una fuerza laboral sin experiencia hacía destrozos en cualquier obra por la que aterrizaran. Eran los años en los que hacer una pequeña reforma de una cocina se convertía en una aventura de dudosa viabilidad, precisamente porque empresas sin ninguna solvencia profesional ni técnica habían irrumpido en el sector: “Manolo y Benito” eran una de ellas.

Hicieron reír, porque estábamos en los años en los que, pocos alertaban sobre los riesgos del monocultivo en la construcción, y la economía iba bien. Había que reírse incluso de los destrozos que albañiles poco hábiles habían hecho en el hogar. Máxime si los protagonistas de la serie tenían una elevada vis cómica y los guionistas habían sabido convertir algunos tópicos de la profesión en gags cuya comicidad, poco depurada y menos pulida, era, en cualquier caso, efectiva.

Vista con a casi dos décadas de distancia, la serie tiene el atractivo del producto elaborado ingenuamente y con la única intención de suscitar una sonrisa y transformar en cómico aquello que, en principio era dramático: de la misma forma que pisar una piel de plátano y caerse es el gag cómico más simple, basado en un accidente, ver a dos albañiles realizar continuos estropicios y perjudicándose a ellos mismos y a sus clientes, terminaba suscitando carcajadas. Como si detrás de toda sonrisa existiera un poso dramático.

Esta serie era dramática en muchos aspectos. El primero de todos, ver como un buen actor, Carlos Iglesias, quedaba una vez más relegado a un papel de merluzo diplomado. No fue el mejor papel que asumió Iglesias, sino quizás el más caricaturesco. Hubo que esperar a 2006, cuando dirigió y protagonizó Un franco, 14 pesetas (2006), para convencernos de que era un excelente profesional. Porque, seamos claros: no existían personajes tan inútiles en el sector de la construcción, ni siquiera en aquella época. Los guionistas se pasaron de vueltas a la hora de caricaturizar al albañil poco hábil que, para colmo, se jactaba como gran mérito de haber introducido el gotelé en España.

A la serie se sumaron un tropel de personajes periféricos que gravitaban en torno a los dos protagonistas: “Tato” (Jorge Calvo), sobrino de “Manolo”, antiguo pastor, con poca habilidad para el manejo del cemento y la plomada; “Carina” (Carmen Rossi) viuda y madre de “Benito” dándole permanentemente a las agujas de tricotar; “Tino” (Fernando Cayo) el comercial de la empresa y quien les consigue trabajos que regularmente echan a pique; “Adela” (Nuria González), mujer de “Manolo” especialista en cocinar chistorra; “Tania” (Kim Manning) inmigrante polaca, autoconsiderada como fontanieira puta madre; “Noelia” (Silvia Marsó) amor imposible de “Benito”; y media docena más de personajes que aparecen y desaparecen componiendo el fresco que circunda a los dos protagonistas.

¿Haría reír hoy? Es cuestión de gustos, pero si hace reír será mucho menos que hace casi dos décadas. El humor de sal gruesa, poco trabajado, con referencias a la cultura pop de los barrios periféricos del Madrid del último tramo del siglo XX, suscitan hoy sonrisas, algunas de conmiseración, por su ingenuidad y por lo extremo de las caricaturas que nos muestra. Pero la construcción y el ladrillo hace tiempo que dejaron de ser cosa de broma. Si a lo largo de toda la serie planea la sombra de la amargura, la frustración y el fracaso, contenidos por un humor oportunista y facilón, hoy a las “víctima del ladrillo” -que son legión- les quedan pocas ganas de bromear con este tema.

La serie fue hija de su época y, hoy, aquella época, pertenece a un pasado concluyó dramáticamente, está demasiado próximo como haber podido olvidarlo.